16ª REUNIÓN – 15ª SESIÓN ORDINARIA (ESPECIAL) DE HOMENAJE
Presidencia
del señor diputado Emilio Monzó
Secretarios:
don Eugenio Inchausti,
ingeniera Florencia Romano y
licenciada María Luz Alonso
Prosecretarios:
doña Marta Alicia Luchetta
y doctor Marcio
Barbosa Moreira
SUMARIO
1. Izamiento de la bandera nacional.
2. Himno Nacional Argentino.
3. Convocatoria a sesión especial.
4. Homenajes:
I. A la memoria del cura José
Gabriel del Rosario Brochero.
II. A la memoria de don Hipólito
Yrigoyen.
III. A la memoria del
periodista y locutor don Antonio Carrizo.
- En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, a
los cinco días del mes de octubre de 2016, a la hora 11 y 57:
- 1 -
Sr. Presidente (Monzó).- Con
la presencia de 132 señores diputados, según lo dispuesto por el artículo 221 de
nuestro reglamento queda abierta la sesión especial de homenaje convocada para
el día de la fecha.
Invito a la señora diputada por
el distrito electoral de Córdoba doña María Soledad Carrizo y al señor diputado
por el distrito electoral de Córdoba don Juan Manuel Pereyra a izar la bandera
nacional en el mástil del recinto.
-
Puestos de pie los señores diputados y el público presente, la señora diputada
doña María Soledad Carrizo y el señor diputado don Juan Manuel Pereyra proceden
a izar la bandera nacional en el mástil del recinto. (Aplausos en las bancas.
- 2 -
Sr.
Presidente (Monzó).- Invito a los señores diputados y al público
presente a entonar las estrofas del Himno Nacional Argentino, que será
interpretado por la Orquesta de Cámara del Congreso de la Nación.
-
Puestos de pie, los señores diputados y el público presente entonan las
estrofas del Himno Nacional Argentino. (Aplausos en las bancas.)
- 3 -
Sr.
Presidente (Monzó).- Por Secretaría se dará lectura de
la resolución dictada por la Presidencia mediante la que se convoca a sesión
especial de homenaje.
Sr.
Secretario (Inchausti).- Dice así:
Visto:
La
presentación efectuada por el señor diputado Héctor Recalde
y otros señores diputados y señoras diputadas, por la que se solicita la
realización de una sesión especial para el día 5 de octubre de 2016 a las 11 y,
Considerando:
Los
artículos 35 y 36 del reglamento de la Honorable Cámara, el presidente de la
Honorable Cámara de Diputados de la Nación
Resuelve:
“Artículo
1°.- Citar a los señores diputados y
a las señoras diputadas para el día 5 de octubre de 2016 a las 11 a fin de
considerar los siguientes temas:
1°)
Homenaje al cura Brochero, que será declarado santo
por el Sumo Pontífice Papa Francisco, el próximo 16 de octubre.
2°)
Homenaje a la figura de Hipólito Yrigoyen a 100 años de su asunción como
presidente de la Nación, a cumplirse el 12 de octubre.
“Artículo
2°.- Comuníquese y archívese.
Sr.
Presidente (Monzó).- Conforme a lo acordado en la reunión
de la Comisión de Labor Parlamentaria del 27 de septiembre, se incorpora el
homenaje al señor Antonio Carrizo por el Día Nacional del Locutor, que se conmemora
el 3 de julio de cada año.
- 4 -
I
Sr.
Presidente (Monzó).- Tiene la palabra el señor diputado
por Córdoba.
Sr.
Negri.- Señor
presidente: más que rendir un homenaje, deseo recordar la histordelia
de un cura diocesano al que se reconocía como semilaico:
José Gabriel del Rosario Brochero.
Desde
fines del siglo XIX, estuvo muy arraigado a la vida, al pasado e inclusive al
presente en la memoria de los cordobeses.
Brochero nació en los aledaños de Santa Rosa del Río
Primero, una localidad que está a 70 kilómetros de la ciudad de Córdoba. Sin
embargo, su esfuerzo colectivo de solidaridad se extendió, como decimos los
cordobeses, cruzando Traslasierra, a más de 2.000
metros de altura.
Su
crecimiento estuvo vinculado al seno de una familia muy católica. Ingresó al
colegio del Seminario de Nuestra Señora de Loreto en 1856 y se ordenó sacerdote
en 1866. Él no pertenecía a una orden religiosa específica pero su formación
estaba muy marcada por los principios jesuitas. Allí hizo ejercicios
espirituales vinculados a esa formación.
Realizó
tareas pastorales en la catedral de Córdoba y se desempeñó como sacerdote
durante la fuerte epidemia de cólera que azotó Córdoba en ese tiempo.
Fue
prefecto en el seminario mayor de la provincia y se recibió de maestro de
Filosofía en la Universidad Nacional de Córdoba.
Allá
por 1869, estando la provincia divida en curatos, como venía desde el
Virreinato, se hizo cargo del curato de San Alberto, hoy Departamento de San
Alberto, que abarca Traslasierra, que tenía unos
10.000 habitantes y una extensión de alrededor de 4.500 kilómetros cuadrados,
incomunicada por la Sierra Grande, lo que prácticamente la convertía en otra
provincia, con otra vida y a la que se accedía a lomo de mula.
Si
bien su tarea estaba regida por sus principios cristianos y el ejercicio del
Evangelio, también estuvo íntimamente vinculada a la vida de los pobres y a la
atención de las grandes enfermedades que había en su tiempo.
Instauró
la costumbre de los ejercicios espirituales que se hacían en Córdoba, y a pesar
de que había que cruzar a lomo de mula, nunca iban menos de 500 a 600 personas,
que demoraban entre tres y cuatro días para llegar desde la capital, recorriendo
aproximadamente 200 kilómetros.
En
1875 comenzó la construcción de una casa de ejercicios en Villa del Tránsito,
que hoy es la localidad que lleva su nombre. Al comienzo pasaron por ahí unas
700 personas, y llegaron a más de 40.000.
Construyó
casas religiosas y colegios, y se lo recuerda fuertemente por ser el pionero en
la construcción de 200 kilómetros de caminos que atravesaron nuestra Sierra
Grande, cruzando por la Pampa de Achala hasta llegar al Valle de Traslasierra, el valle del Sol.
Predicó
mucho el Evangelio y se lo recuerda porque ningún enfermo quedaba sin
asistencia o sin sacramento. Pocos días después de su muerte, los diarios de
Córdoba adjudicaban directamente la enfermedad que contrajo a la epidemia de
lepra, durante la cual asistió personalmente a los enfermos.
Cuando
padeció una enfermedad prolongada renunció a su carácter de párroco y se fue a
vivir de nuevo a su pueblo natal, en los aledaños de Santa Rosa de Río Primero,
y después regresó a Villa del Tránsito, donde había hecho su primer colegio de
retiro.
El
largo proceso de canonización de Brochero, presente
en el sentimiento colectivo de los cordobeses y reconocido aun por los que no
profesan la religión católica pero que igualmente lo acompañaron por su idea
humanitaria, comenzó en los años 60. Recién en 2004, Juan Pablo II lo declaró
venerable, y en septiembre de 2013, luego de comprobar por los procedimientos
de verificación que determina la Iglesia Católica dos milagros que se le
atribuyen, fue beatificado por el papa Francisco.
Uno
de los dos hechos que se recuerdan es la intercesión milagrosa ante el niño
Nicolás Flores, que estuvo al borde de la muerte, con pérdida de masas ósea y
encefálica de cráneo como resultado de un accidente automovilístico que sufrió
en Falda de Cañete, que es parte del camino de 200 kilómetros para cruzar la
Pampa de Achala. Según establecen los dogmas de la Iglesia y su procedimiento,
el proceso de beatificación requirió del testimonio de su familia, allegados y
médicos.
El
otro hecho es la recuperación de una niña sanjuanina, Camila Brusotti, que había sido tremendamente golpeada por su
madre y su padrastro y sufrió un infarto cerebral masivo en el hemisferio
derecho. Se lo consideró un hecho extraordinario porque se recuperó, a pesar
del informe de una junta de siete médicos. Fue considerado un milagro por parte
de un tribunal eclesiástico de Roma, y según la Comisión Teológica, ese hecho
se produjo por la intercesión de Brochero.
El
22 de enero de este año el papa Francisco firmó el decreto que confirma un
segundo milagro, y el consistorio celebrado el 15 de marzo de 2016 fijó la
fecha de su canonización, que será el próximo 16 de octubre. Habrá delegaciones
de Córdoba y en nombre de la Argentina estará presente el presidente de la
Nación. Así, el cura Brochero, el cura laico, el cura
de los pobres, el cura que unió pueblos, independientemente de la religión, se
convertirá en la primera persona canonizada que nació y murió en este país.
Horacio
Oyhanarte cuenta que en 1912 Brochero
tuvo un encuentro con Hipólito Yrigoyen. Según algunos, fue para interesarlo en
la construcción de un ramal de Soto a Villa Dolores. Soto está pasando Cruz del
Eje, girando ‑en vez de cruzar las sierras‑ para arriba, lo cual
prolonga los kilómetros enormemente. Según otros, fue a entrevistarse con
Yrigoyen para pedirle asistencia porque un asistente suyo había sido baleado en
una pierna por la policía brava de Villa Dolores.
Lo
cierto es que el encuentro está verificado, quizá no con la certeza de qué se
habló, pero cualquiera haya sido la causa, el destino unió a dos hombres
grandes, con una concepción humanista y la idea de que el pueblo fuera
protagonista, creciendo colectivamente según su propio destino. Uno peleó para
convertirlo en un conjunto de ciudadanos; el otro, para que se eduque, deje la
pobreza y el resto de la sociedad no se olvide de él.
Hoy,
por casualidad del destino, estos dos claros exponentes de esa visión humanista
y una sociedad integrada, reciben un homenaje en este recinto en forma
conjunta. (Aplausos en las bancas.)
Sr. Presidente (Monzó).- Tiene
la palabra el señor diputado por Córdoba.
Sr.
Pereyra.- Señor presidente: en nombre del bloque
Concertación FORJA agradezco a los diputados que aprobaron en comisión el
proyecto de declaración que presenté en su oportunidad. Además, quiero hacer
extensivo mi agradecimiento a los legisladores de todos los bloques presentes
hoy en este recinto por acompañarme en mi voluntad de realizar una sesión de
homenaje al cura José Gabriel del Rosario Brochero,
cuya canonización será llevada a cabo por el papa Francisco el próximo 16 de
octubre, en Roma.
Su
tarea evangélica no fue para nada fácil: iba en mula transmitiendo la palabra
de Dios rancho por rancho. A pesar de ello, tuvo tiempo para construir la casa
de ejercicios espirituales, el colegio de niñas con su capilla –el cual fue
declarado monumento histórico nacional el 9 de mayo de 1974-, un colegio
primario y secundario, su iglesia y muchas otras capillas diseminadas por toda
la región a la que llevó su acción evangelizadora.
Estoy
convencido de que el cura Brochero fue un sacerdote
progresista, porque no solo se ocupó de la misión evangélica y pastoral sino
que además fue un incansable trabajador en pos de la realización de diversas
obras ‑escuelas, caminos de montaña, acequias, etcétera- que impulsaron
el crecimiento y progreso del oeste de Córdoba.
Un
ejemplo de lo que acabo de señalar lo constituye el hecho de que en 1903
consiguió la sanción de la ley nacional 4.366, que dispuso la construcción de
un ramal ferroviario que uniera los pueblos de Villa Dolores y Soto.
Otra
obra fundamental fue la gestión para la realización de la ruta que unió el
oeste de Córdoba con la capital provincial, a través de las Altas Cumbres, dado
que hasta ese tiempo ese trayecto se podía hacer únicamente en mula por camino
de herradura, como se dice.
También
impulsó la construcción de un embalse para irrigación de los pueblos de San
Pedro y Villa Dolores. En la actualidad a esa obra se la conoce como Dique La
Viña.
El
cura Brochero, o el “cura gaucho” ‑como se lo
conocía‑, nació en Villa Santa Rosa, provincia de Córdoba, en 1840 y el 4
de noviembre de 1866 se ordenó sacerdote, desarrollando su gran actividad
pastoral en el oeste de la provincia de Córdoba hasta su muerte en 1914, en
Villa del Tránsito, hoy Villa Cura Brochero.
Quisiera
citar en este momento al obispo de Cruz del Eje, titular de la causa de los
Santos del Episcopado Argentino, monseñor Santiago Olivera, quien dijo: “Brochero se adelantó a los tiempos y supo pensar la
realidad, porque la promoción humana y la evangelización que proponemos hoy no
estaban tan claras en su tiempo”.
En
su vejez el padre Brochero enfermó de lepra como
resultado de convivir con enfermos que padecían esa enfermedad, con quienes
incluso compartía el mate. Por esa razón, quedó sordo y ciego antes de morir en
1914.
Hoy
esta Cámara rinde homenaje nada más y nada menos que al primer santo nacido y
fallecido en la República Argentina.
Podríamos
decir muchas cosas, pero como ya se han expresado otros señores diputados, como
diputado por Córdoba y transerrano -como nos dicen a
quienes habitamos en estos cinco departamentos del oeste cordobés- finalizo mi
intervención afirmando que me siento muy orgulloso de todo el legado de nuestro
cura gaucho. (Aplausos en las bancas.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Tiene la palabra la señora diputada
por Chubut.
Sra.
Llanos.- Señor presidente: quiero rendir homenaje
a nuestra excelencia, nuestro cura gaucho, como le decimos todos los que
trabajamos en el ámbito eclesiástico.
Celebro
que sea canonizado y que junto con el Espíritu Santo sea llevado a un lugar de
excelencia. Espero que nuestro gran cura gaucho pueda descansar en paz con la
gran obra que hizo.
El
cura Brochero ha trabajado incansablemente. Nació en
Villa Santa Rosa, tal como lo señaló el señor diputado preopinante. Fue un cura
muy prestigioso y muy querido por todos dentro del ámbito eclesiástico,
ayudante de tareas pastorales en la catedral de Córdoba, y trabajó mucho en la
diócesis.
Tuvimos
también otro cura gaucho, el padre Corti. Ambos fueron personas honorables, muy
bendecidas. La Legión de María ha acompañado y llevado adelante con mucho
mérito el trabajo que realizó en la diócesis.
Quiero
dejar el mensaje de este buen hombre que llevamos a la línea del Vaticano,
destacando la humildad que tuvo al tratar con los enfermos en una obra de la
diócesis salesiana. (Aplausos en las
bancas.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Tiene la palabra la señora diputada por
Córdoba.
Sra.
Nazario.- Señor presidente: como cordobesa y
argentina es para mí un orgullo que el cura Brochero,
el cura gaucho, sea reconocido como santo.
Hay
que conocer los lugares por donde anduvo este cura y los caminos que transitó
para valorar lo que hizo; por ejemplo, recorría 200 kilómetros por el camino de
las Altas Cumbres. Quienes transitan en la actualidad por esos lugares, van a
Mina Clavero y recorren todo el valle de Traslasierra,
ven unos paisajes preciosos, pero haber abierto ese camino a pico y pala y
haber logrado que la gente lo hiciera es algo extraordinario.
Además
de llevar el auxilio espiritual adonde fuera, este cura protagonizó anécdotas
realmente increíbles. Por ejemplo, cruzó ríos crecidos atado
a su mula malacara para no caerse, para poder llegar a dar una extremaunción.
A su vez, en
una época muy compleja, convenció a 10 mil habitantes en 4 mil kilómetros
cuadrados de una zona de valle, de montaña, muy seca y árida en algunos
lugares,
de que si se quería salir adelante había que trabajar
unidos, hacer las cosas juntos.
Comenzó
llevando grupos de 200 o 300 personas a Córdoba capital, recorriendo 200
kilómetros durante tres o cuatro días a lomo de burro, mula y caballo a través
de las Altas Cumbres, para que pudieran rezar y hacer ejercicios espirituales.
Llegado el momento, decidió reunir a la gente y convencerla de hacer una casa
de retiro espiritual, que hoy tiene casi una manzana de tamaño, lo cual le
llevó dos años. Era fantástica la forma en que los convencía para que
trabajaran, y lo logró solo con la palabra y la acción.
Brochero era un cura que se arremangaba y trabajaba como
carpintero y albañil, y en medio de estas actividades se ponía la sotana y
salía a ver a los enfermos.
Apenas
ordenado cura, la primera actitud humanitaria que mostró fue ocuparse de los
enfermos de cólera en Córdoba. Además, atendió a los leprosos en Traslasierra. Tal como dijeron algunos oradores
preopinantes, él se contagió esa enfermedad por estar con la gente, ya que los
abrazaba y tomaba mate con ellos. No había forma de convencerlo de que estaba
en una función de construcción y organización. Tengo notas y cartas que hemos
recuperado de los feligreses en las que le pedían que se cuidara un poco más,
pero no lo hizo.
Por
esas cosas de la vida, por haber estudiado juntos, fue amigo de Miguel Juárez Celman, quien fue primero gobernador y luego presidente, y
se dirigía a él con un lenguaje muy campechano, que era su forma de llegar a todo
el mundo. Incluso en 1883 lo llevó a recorrer la zona para ver si lo ayudaba con
la llegada del ferrocarril.
Este
cura es lo que hoy pide nuestro papa Francisco: un pastor con olor a oveja,
porque se ocupó de trabajar con la gente.
Hay
mil anécdotas: convencía a los forajidos, a los cuatreros y a los delincuentes
de la zona para que hicieran el retiro espiritual. Los llevaba a un lugar
durante cuatro días donde les hablaba, les explicaba cómo podían cambiar su
forma de vida, y lograba su objetivo ya que salían de allí con otra cabeza y
otro pensamiento.
En
alguna carta a sus amigos reconoció dos grandes fracasos. Primero, no haber
logrado que el ferrocarril fuera de Villa de Soto a Villa del Tránsito,
actualmente Villa Cura Brochero. Segundo, no haber podido
convertir a Santos Guayama, un forajido oculto en medio de las sierras. Brochero estuvo cuatro días buscándolo, y cuando lo
encontró el delincuente sacó un revólver para amenazarlo, pero él le mostró un
crucifijo y le dijo: “Este te está buscando a vos, y dame un mate que tengo
mucha sed”. Así comenzó la relación; lo había convencido de entregarse junto a
300 cómplices, pero fue apresado y fusilado.
Personalmente,
siento una profunda admiración: durante los últimos cuatro años he recorrido el
noroeste argentino con GPS y pensaba cómo hizo este cura para desplazarse a
lomo de mula, no perderse y llegar a las distintas capillas que construyó en
cada paraje que encontró, y yo tuve el orgullo de ayudar a ponerlas en valor.
Son preciosas y austeras, como el cura, y están ubicadas en el lugar que debían
erigirse.
Con
estas palabras, dejo rendido mi homenaje al cura Brochero
y manifiesto la felicidad que siento. (Aplausos
en las bancas.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Tiene la palabra la señora diputada
por La Rioja.
Sra.
Madera.- Señor presidente: hago uso de la palabra
en nombre del bloque Justicialista y de mi provincia, La Rioja, pero
especialmente de una comunidad llamada San Agustín, que desde hace más de
quince años reza incansablemente para que el cura Brochero
sea canonizado. En eso también ha tenido mucho que ver mi madre, una militante
de la Iglesia Católica y la justicia social.
Hoy
estamos rindiendo este merecido homenaje a José Gabriel Brochero,
un cura que ha significado muchísimo para la población que en ese momento
afrontaba una realidad social totalmente diferente.
Muchos
de los señores diputados que me precedieron en el uso de la palabra dijeron que
fue un hombre adelantado a su época, un progresista en su forma de ser y en sus
acciones concretas, porque pudo unir la promoción humana y social con el
Evangelio. Creo que eso es lo que lo ha convertido en una persona que hoy tiene
el gran privilegio de ser canonizado, nada más y nada menos que por ese padre
común que tenemos, que es el papa Francisco.
Esta
canonización ha tardado muchos años, pero creo que llega en un momento justo,
en el contexto de una realidad social y política de nuestro país que amerita
imitar estos ejemplos.
Considero
que el cura Brochero -el cura gaucho, como se lo
conocía popularmente- es digno de imitar en cuanto a su solidaridad, honradez,
forma de actuar y manera de abrazar la causa de los pobres.
Por
eso, desde nuestro bloque queremos rendir este homenaje, recordando a ese
hombre que hizo mucho por el catolicismo y por nuestra comunidad, porque no le
bastó llevar alivio a aquellos que se sentían abandonados por todos menos por
Dios, como decía el cura Brochero, quien trabajó y
gestionó incansablemente ante las autoridades de ese momento para que esa gente
pudiera estar mejor y esas obras que muchos mencionaron pudiesen mejorar la
calidad de vida de cada uno de esos argentinos que habitaban en el interior del
país.
Por
lo expuesto, queremos expresar nuestro homenaje al cura Brochero,
como así también nuestro reconocimiento al papa Francisco, quien tendrá el gran
privilegio de canonizar al primer santo argentino. (Aplausos en las bancas.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Tiene la palabra la señora diputada
por Buenos Aires.
Sra.
Troiano.- Señor presidente:
adherimos a este justo homenaje, recordando además que oportunamente en este
mismo recinto el doctor Alfredo Palacios, con
motivo del fallecimiento del cura Brochero,
fue el primero en homenajear la labor, la abnegación y la lucha de este párroco
que, como bien dijeron los señores diputados que me precedieron en el uso de la palabra,
dedicó su vida a trabajar entre los humildes y con los humildes, construyendo
ciudadanía, caminos, escuelas y hospitales. De esta forma, además de
desarrollar una labor espiritual, llevó adelante una tarea de integración
dentro de las comunidades.
Como
dije, adherimos al homenaje a este cura, que constituye un ejemplo para la
ciudadanía y la política, habiendo dejado de lado una gran cantidad de cosas.
Hasta llegó a enfermarse por brindar una acción a la sociedad, contribuyendo
con su ejemplo al logro de una construcción colectiva.
Por
lo expuesto, nos sumamos a este merecido homenaje con mucho afecto y con esta
idea de ejemplaridad que desde nuestra hermana provincia de Córdoba nos dio el
cura Brochero. (Aplausos
en las bancas.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Tiene la palabra el señor diputado
por San Luis.
Sr.
Lusquiños.- ¡Qué
difícil resulta rendir un homenaje a un hombre tan brillante, señor presidente!
Me eximo de hacer una biografía del cura Brochero, ya
que el señor diputado Negri la sintetizó perfectamente. Asimismo, me eximo de
hacer referencia al afecto que este párroco ha transmitido, ya que ello ha sido
muy bien expresado por la señora diputada Nazario.
De
alguna manera les quiero presentar al personaje.
Si
bien este hombre será canonizado dentro de una semana, es un santo, es un
pedazo de pan, un hombre querible y adorable. Quiero contar algunas anécdotas,
porque era un hombre absolutamente dual, capaz de sentarse con Juárez Celman, ex presidente de la Nación, ser filósofo, contar
con una educación muy vasta y, a la vez, un lenguaje tremendamente rústico,
duro, campechano, capaz de hablar con el más humilde y el más encumbrado de los
personajes.
Se
hizo referencia a que construyó muchos caminos. En realidad, podríamos decir
que fue el mejor director de Vialidad de la historia de la Argentina. Todos los
caminos que atraviesan Traslasierra, tanto del lado
de San Luis como del cordobés, fueron trazados por este hombre junto con su
ingeniero, su mula malacara, injustamente aún no reconocida.
Fíjense
cómo la historia se va cruzando tantas veces. Una de las cosas que construyó
fue el Colegio de Niñas que puso en manos de la congregación religiosa de las
Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús, fundada por Catalina Rodríguez.
Catalina Rodríguez fue la sobrina de Victoriano Rodríguez, uno de los líderes
de la contrarrevolución de Mayo de 1810, cuyo epicentro era Córdoba. Recordarán
la sigla CLAMOR; la letra “R” correspondía a este Rodríguez, el primero de la
familia del hoy gobernador de San Luis, Alberto Rodríguez Saá
y del senador Adolfo Rodríguez Saá.
Hay
anécdotas que lo muestran como un personaje muy pintoresco, por lo que quiero
contarles algunas. Por ejemplo, persiguió durante diez días a uno de los
bandoleros y pistoleros más peligrosos que asolaban la región. Era un huarpe, que San Juan reivindica como sanjuanino, pero su
nombre era Guayama y le decían el “gaucho de las nueve muertes”, porque la
policía, para salvar la ropa, siempre lo daba por muerto, y volvía a aparecer.
Este fue un personaje muy curioso, líder de la revuelta de la laguna de Guanacache, a raíz de lo ocurrido cuando los mendocinos
comenzaron a llevarse el agua para sus viñedos y secaron la laguna,
empobreciendo toda la frontera de lo que hoy son las provincias de San Luis y
San Juan.
En
homenaje a Guayama y al cura Brochero, hoy la laguna
de Guanacache tiene agua y el humedal ha sido
recuperado. A este hombre que era un soldado de Felipe Varela y de Peñaloza,
bandolero, que robaba y repartía entre los pobres, lo persiguió el cura Brochero durante diez días. Cuando lo encontró, el
bandolero lo increpó, sacó el arma y le dijo: “¿Por qué me estás persiguiendo?
¿Por qué me estás buscando?” Él le contestó: “Yo no te estoy buscando”, sacó el
crucifijo y le dijo: “El que te está buscando es este, y dame mate que hace
diez días que me tenés cansado.” Así se hicieron amigos de por vida. Tan así es
la irradiación de santidad que tenía el cura Brochero,
que terminó domando a este hombre tan indómito y lo llevó, junto con el grupo
que lo seguía, a retiros espirituales. Esta anécdota pinta hasta dónde llegaba
la capacidad evangelizadora del cura Brochero.
Hay
otra anécdota muy jocosa. En oportunidad de la visita del obispo de Córdoba, él
tenía que dar una misa por la virgen. El obispo, un señorón muy bien puesto,
era un hombre al que le gustaba comer asado, y fundamentalmente era un enfermo
por los chinchulines.
El
cura Brochero, que entonces se había olvidado de
comprar los chinchulines, lo llama al sacristán y le dice: “Mirá,
andate corriendo a la carnicería de David y pedile que te mande chinchulines. Mientras, voy dando la
misa.”
Generalmente,
el cura Brochero daba los sermones en un lenguaje muy
campechano para ser entendido por el gauchaje de la zona. Ese día había
cambiado su sermón y hablaba del mensaje de Jeremías a la Virgen, y lo
explicaba. Mensaje de Isaías a la Virgen, y lo explicaba, mientras esperaba que
volviera el sacristán, hasta que lo ve entrar. Entonces dice: “Mensaje de
David”, y el sacristán que estaba entrando responde: “Dice que primero mande la
plata, cura, y después le manda los chinchulines.”
En
San Luis, el cura recorría mucho el departamento de San Martín, que es
montañoso, serrano, poco poblado, muy aislado, de gente muy dura, con la piel
como una roca. Andaba todos los días por esos caminos y siempre tenía hambre.
Entonces, junto con su asistente tenían una fórmula para saber si cuando
llegaran a un rancho iban a tener comida y en qué cantidad.
Llegaban
al rancho, ataban la mula y el cura Brochero decía al
asistente: “Andate a la cocina, te voy a preguntar
cuántos nudos tiene la mula. Un nudo será igual a un plato de comida.” Si había
un plato de empanadas, contestaba un nudo, si había dos platos, dos nudos.
El
asistente iba a la cocina, volvía y le decía: “Cura, un nudo”, a lo cual el
cura Brochero respondía: “Entonces comamos todo,
porque no hay más.” Un verdadero personaje, tan querido, respetado y admirado
por los más encumbrados, como adorado por los más humildes.
Para
San Luis, el cura Brochero fue una de las
personalidades más importantes y admiradas de la historia, especialmente para
toda esa zona de Traslasierra, hoy lo es para todos
los argentinos y a partir del día 16 lo será para toda la humanidad. (Aplausos en las bancas.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Tiene la palabra el señor diputado
por Córdoba.
Sr.
Pretto.- Señor
presidente: como cordobés, es un orgullo que hoy la Cámara haya dispuesto este
homenaje al cura gaucho José Gabriel del Rosario Brochero.
Brochero, que nació en 1840 y falleció en 1914, fue
conocido como el cura gaucho, no solamente porque vestía como gaucho, que era
lo que a él le gustaba, sino también, y sobre todo, por su forma de tratar a
los feligreses con esa acción decidida a tender siempre una mano, lo que se
conoce como hacer una “gauchada”.
El
próximo 16 de octubre este cura cordobés será canonizado en la Plaza de San
Pedro, en el Vaticano, según lo anunciara la Santa Sede. Sin duda, será una
ceremonia sin precedentes, puesto que si bien el Papa Juan Pablo II canonizó a Héctor
Valdivielso Sáez, que fue considerado entonces el
primer santo argentino, es la primera vez que un Papa argentino canonizará a un
santo argentino.
Ello
tiene un valor agregado especialmente para nosotros, los cordobeses, pero
también para todos los argentinos.
Nació
en Santa Rosa de Río Primero el 16 de marzo de 1840. Fue conocido como cura
gaucho por evangelizar a lomo de su mula, llamada “la Malacara” y, además, por
asumir como propias las necesidades de otros y por su costumbre de evangelizar
con el lenguaje de los feligreses.
Se
dice, además, que era un fumador empedernido y un cura mal hablado, porque
justamente hablaba con el lenguaje de la gente y se mimetizaba con ella.
Fue
ordenado cura en 1866 –hace ciento cincuenta años- y enseguida se destacó por
socorrer a los más humildes, sobre todo a los enfermos y a los moribundos. En
una epidemia de cólera que azotó al año siguiente a la ciudad de Córdoba fue
conocido por su ayuda.
Tres
años después quedó a cargo del curato de San Alberto en la localidad de Villa
del Tránsito, hoy conocida como Villa Cura Brochero,
en el conocido y querido Valle de Traslasierra. Cabe
aclarar que por aquel entonces era una zona de gran extensión y con pocos
habitantes, que vivían en lugares muy distantes, de difícil acceso y
comunicación, sin caminos y con muchas necesidades.
Desde
aquel momento el cura gaucho no solo se dedicó a predicar el evangelio, sino
que educó feligreses, construyó iglesias y capillas, levantó escuelas y abrió
caminos en la montaña. Incluso, construyó acueductos. En aquella época, señor
presidente, construía acueductos de piedra con material cocido. Digo esto para
que tengamos una idea de la enorme tarea que realizaba este cura, pensando en
que las obras de infraestructura eran el mejor apoyo para desarrollar la zona y
ofrecer una mejor calidad de vida a todos los habitantes de esa región.
También
fue un tremendo gestionador ante las autoridades de
gobierno, como se ha dicho acá. Asimismo, fue gestor de leyes, tanto
provinciales como nacionales. En este sentido, podemos mencionar una ley que
dispuso la construcción de un ramal ferroviario, que aún no se ha cumplido. Todas
las gestiones y obras de infraestructura en el Valle tienen detrás la firma y
el enorme trabajo del cura Brochero.
Su
muerte también estuvo signada por aquel rasgo de gaucho, ya que falleció ciego
y con lepra, como consecuencia de su contacto permanente y cercano con sus
fieles.
Su
obra fue tan grande que trascendió su vida, y sus acciones no cesaron aun
después de su muerte. Es así que tras su desaparición física, infinidad de
feligreses siguen teniendo fe en él y le siguen rezando, pidiéndole por su intercesión.
En
2004, el papa Juan Pablo II lo declaró venerable. En 2012, el papa Benedicto
XVI reconoció el primer milagro por su intercesión, que fue la curación
inexplicable de Nicolás Flores Violino, un niño que
resultó brutalmente golpeado en un accidente de tránsito. Esto derivó en su
beatificación el 14 de septiembre de 2013 –es decir, sin mediar mucho tiempo‑,
en una ceremonia multitudinaria que se llevó a cabo en la localidad de Cura Brochero, que aún hoy los cordobeses y los argentinos
guardamos en nuestra retina.
El
pasado 22 de enero se produjo, sin explicación médica, su segundo milagro: la
curación de Camila Brusotti, a quien los médicos
habían pronosticado la muerte o el estado vegetativo. Los pedidos y los ruegos
del abuelo de Camila, que tenía una fe tremenda en el cura, contra toda
indicación médica, lograron que, a través del milagro del cura gaucho, Camila
hoy pueda caminar entre nosotros. Los mismos médicos le decían: Raúl, no pidas
nada. Es preferible que tu nieta muera a que quede en estado vegetativo. Sin
embargo, al poco tiempo Camila pudo hablar. Este segundo milagro del cura Brochero es el que generó su pedido de beatificación.
Es
por todo esto que, como cordobés, siento orgullo por la vida y el legado del cura
gaucho, quien sin ninguna duda irradiará su obra y su magnificencia. Sobre todo
pensando en los que menos tienen y con un criterio de desarrollo de las zonas
más desfavorecidas de nuestra Argentina, es que seguiremos su ejemplo y
podremos honrar su trabajo con muchas iniciativas legislativas y todas aquellas
obras que pueda llevar adelante el gobierno nacional. (Aplausos en las bancas.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Tiene la palabra el señor diputado
por Córdoba.
Sr.
Baldassi.- Señor
presidente: como cordobés siento una gran emoción por
lo que viviremos el próximo 16 de octubre, día en que tendrá lugar la
canonización del curita Brochero.
Como
contemporáneo, me siento feliz por ese momento histórico que viviremos todos
los argentinos al ver al primer santo que nació y murió en nuestro país.
El
cura Brochero fue ejemplo no solo de sacerdote, sino
también de muy buen ciudadano. Hasta el día de su muerte trabajó por el
desarrollo y la inclusión de su pueblo; dio testimonio de compromiso y de
ponerse la patria al hombro para construir una sociedad más justa, inclusiva y
fraterna. Tuvo vocación de contribuir, trabajar, recorrer y estar
permanentemente en movimiento: fundó pueblos, edificó iglesias y hospitales, y
fue uno de los impulsores de la construcción del ramal ferroviario del Valle de
Traslasierra. Sin duda, su afán era el de progresar.
El
cura gaucho, como se lo conoce, fue un héroe que, dotado de sabiduría, recorrió
miles de kilómetros con un solo fin: ayudar. Dedicó toda su vida al servicio de
los enfermos, ofreciéndoles consuelo o recogiendo sus últimas palabras. Por eso
el papa Francisco dijo que este curita soñaba con morir galopando para dar la
unción a un enfermo.
El
legado que nos ha dejado el curita Brochero es
sinónimo de sencillez, de humildad y también de una gran vocación de servicio.
Debemos aprender de su solidaridad y de su calidad humana desinteresada.
Estamos convencidos de que si al menos tratáramos de imitarlo, podríamos
construir un país más justo.
Por
todas estas razones, el 16 de octubre será una fecha importante para los
argentinos y, particularmente, para los cordobeses, que lo vimos nacer,
recorrer y trabajar. Ese día, todos debemos estar cerca de él, pero no para
aplaudir, sino para imitar a este gauchito que con su obra y ejemplo nos llenó
de amor y solidaridad. (Aplausos en las
bancas.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Tiene la palabra el señor diputado
por Córdoba.
Sr.
Brügge.- Señor
presidente: como dijeron los señores diputados preopinantes, para mí es un orgullo
rendir este homenaje al cura Brochero.
En
esta oportunidad, me voy a permitir colocar sobre mi banca esta imagen del cura
gaucho, que es una reliquia. Justamente, cuenta con un pedazo de la tela de su
poncho, que fue facilitada por Eduardo Schweitzer,
que es un abogado de Buenos Aires. Para mí constituye un honor poder exhibirla
y compartirla con todos ustedes.
Muchas
cosas se dijeron recién del cura Brochero. Deseo
resaltar algunas muy importantes. Por ejemplo, aquí se señaló que se le
advertía que no tocara a los leprosos ni que tomara mate con ellos. Sin
embargo, él contestaba que la lepra hedionda viene de adentro. Además, agregaba
que no se pegaba, sino que se lavaba con caridad. Son los signos de la
sinceridad y espiritualidad que tenía el cura gaucho.
Como
bien se dijo aquí, era un cura de palabras sencillas y claras que llegaban
verdaderamente al corazón de los habitantes de esa Córdoba de fines del siglo
XIX, que realmente estaba postergada.
Era
un cura que predicaba con el ejemplo. Vivía con su gente. Como bien se dijo,
era un pastor que olía a oveja porque estaba con ellas. También era un cura
mediador, ya que resolvía muchos
conflictos entre vecinos. El anecdotario, las cartas y los antecedentes lo
muestran como un cura que cumplía la función de nuestros jueces de paz en el
interior.
Precisamente,
los que solucionan los problemas que surgen entre vecinos por un árbol, una
verja o aguas servidas en la calle. Para ello estaba este cura gaucho, como
también para resolver la cuestión que se presentaba cuando dos vecinos se
disputaban la propiedad de un caballo. El cura gaucho era el encargado de
mediar y de solucionar la cuestión. O sea que cumplía con la tarea de impartir
esa justicia vecinal e inmediata.
Como
bien se ha dicho, era un cura progresista. Efectivamente, realizó un montón de
obras, porque era arquitecto, ingeniero, albañil y peón. Todo junto se resumía
en su persona.
Podemos
señalar que cerca de 200 kilómetros de caminos fueron gestionados y llevados
adelante por este cura gaucho.
También
fundó pueblos y como contrapartida, su Villa del Tránsito fue designada por la
Legislatura de la Provincia de Córdoba con el nombre de Villa Cura Brochero.
Fundó
escuelas y logró que por primera vez se instalara una estafeta del correo, para que el oeste cordobés estuviera
conectado por telégrafo con el resto del país.
Como
se ha dicho, fue el promotor del proyecto ferroviario de Villa de Soto. Tenía
el anhelo de ir hasta Villa Dolores, pero se conformó con llegar antes, al río
Mina Clavero, y de allí a lo que hoy es Villa Cura Brochero.
Buscaba
otorgar condiciones de vida digna a toda la población. Conocía y sufría junto a
los pobres, porque entendía que debían mejorarse sus condiciones de vida. Como
dijimos recién, tenía mucha sensibilidad social y un contacto humano
permanente. Vivía con la gente a la que le quería transmitir el Evangelio.
Decía que Dios era como los piojos: está en todas partes, pero prefiere a los
pobres. Era el sentido que le daba a este sacerdocio por los pobres que el Papa
Francisco también está llevando adelante.
Enseñaba
que al hombre había que promoverlo con sus necesidades básicas satisfechas. O
sea que bregaba para que la gente no sufriera, pero a su vez pedía que el
pueblo tuviese la mirada en el cielo, porque entendía seriamente que la
trascendencia del hombre era lo fundamental para poder crecer. Este cura gaucho, que nos dio un
ejemplo, representa hoy el primer santo cordobés, que nació y murió en nuestra
querida provincia de Córdoba; significa no solamente poder decir que tenemos un
santo argentino más, sino también alguien que puede interceder por nosotros.
Esto no es menor y es interesante señalarlo desde aquellos que abrazamos una
fe. Tener un santo no es solamente para tener una estampita, sino que es saber
que disponemos de alguien que puede protegernos, ayudarnos y, en cierta medida,
acercarnos un poco más al Cielo.
Eso
lo hacía el cura gaucho en vida. Hoy lo está haciendo desde el Cielo. (Aplausos.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Tiene la palabra el señor diputado
por Catamarca.
Sr.
Tomassi.- Señor
presidente: la fama del cura Brochero y su
conocimiento desde la fe han trascendido las fronteras de la provincia de
Córdoba, pasando por La Rioja, y hasta los catamarqueños no hemos sido ajenos a
él.
Así
como hemos rezado por la canonización de nuestro Fray Mamerto Esquiú, también hemos rezado para que el cura Brochero fuera santo, en agradecimiento profundo por su
gran tarea espiritual y todos sus milagros.
Se
han dicho aquí muchas cosas sobre el cura Brochero, y
en una apretada síntesis voy a tratar de traslucir algunas de ellas, aunque sea
un poco repetitivo.
A
fines de 1869 asumió el extenso curato de San Alberto, que tenía una superficie
de 4.336 kilómetros cuadrados y unos 10.000 habitantes, que vivían en lugares
distantes, sin caminos ni escuelas, incomunicados por la Sierra Grande, de más
de 2.000 metros de altura. El estado moral y la indigencia material de sus
habitantes eran lamentables. El corazón apostólico de Brochero
no se desanimó y desde ese momento dedicó su vida no solo a difundir el
Evangelio, sino a educar y promocionar a sus habitantes.
Después
de años de ingentes sacrificios y esfuerzos populares, como culminación de las
fiestas patronales de 1877, se inaugura la Casa de Ejercicios. A las seis de la
tarde, según el horario previsto, 700 hombres en silencio y en orden se
dirigieron a la capilla. Jamás en los anales de la Iglesia se leyó que tanta
gente y en una sola tanda hiciera un retiro espiritual. Fue un caso único y
extraordinario, pero quedó empequeñecido cuando al año siguiente la tanda
superó el número de 900. Estos hombres tenían como cama los aperos de sus
cabalgaduras, por comida un abundante puchero y soportaban hasta 10 grados bajo
cero.
En
el año 1886 el obispo de Córdoba recaló, durante su gira pastoral, en Villa del
Tránsito y quedó atónito ante la magnitud de las obras y quiso dejar un
elocuente testimonio de admiración y gratitud de padre y pastor. Así dijo: “Declaramos
que el Señor Cura Canónigo Honorario José Gabriel Brochero,
en su infatigable celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas,
sacrificándose tanto tiempo en todo sentido con el trabajo de las monumentales
obras que ha llevado a cabo ‑Casa de Ejercicios, Colegio de las Esclavas
del Corazón de Jesús, Casa Parroquial y Casa de los Misioneros‑, merece
de estricta justicia el título de insigne benefactor de esta parroquia y su
vecindario”.
Como
ayudante de la tarea pastoral en la Catedral de Córdoba desempeñó su ministerio
sacerdotal durante la epidemia de cólera que devastó la ciudad. Siendo prefecto
de estudio del Seminario Mayor, obtuvo el título de Maestro de Filosofía por la
Universidad Nacional de Córdoba.
Con
sus feligreses construyó más de 200 kilómetros de caminos y varias iglesias,
fundó pueblos y se preocupó por la educación de todos. Solicitó ante las
autoridades, y obtuvo, mensajerías, oficinas de correo y estafetas
telegráficas. Proyectó el ramal ferroviario que atravesaría el Valle de Traslasierra, uniendo Villa Dolores y Soto, para sacar a
sus queridos serranos de la pobreza en la que se encontraban.
“Abandonado
de todo, pero no por Dios”, solía repetir el cura Brochero.
Predicó el Evangelio asumiendo el lenguaje de sus feligreses para hacerlo
comprensible a sus oyentes. Celebró los sacramentos llevando siempre lo
necesario para la misa en las alforjas de su mula. Ningún enfermo quedaba sin
sacramento, para lo cual ni la lluvia ni el frío lo detenían. “Ya el diablo me
va a sacar un alma”, decía, y se entregó por entero a todos, especialmente a
los pobres y alejados, a quienes buscó solícitamente para acercarlos a Dios.
Habiendo
contraído la enfermedad del cólera por su contacto con los leprosos, y habiendo
perdido la vista y la audición, regresó a su casa de Villa del Tránsito, y el
26 de enero de 1914, luego de recibir los Santos Sacramentos, su gran corazón
de apóstol deja de latir. Sus últimas palabas, como resabio de sus innumerables
giras por montes y quebradas, montado sobre sus mulas, fueron: “Ahora tengo
puestos los aparejos, estoy listo para el viaje”.
Pocos
días después de su muerte, el diario católico de Córdoba escribe: “Es sabido
que el cura Brochero contrajo la enfermedad que lo ha
llevado a la tumba, porque visitaba largo y hasta abrazaba a un leproso
abandonado por ahí".
En
síntesis, podríamos decir que el cura Brochero fue un
hombre de Dios, un buen pastor, un enamorado de la Virgen Inmaculada, un hombre
de su tiempo y de su pueblo, que no tan solo sanó almas y se preocupó por la
espiritualidad de sus feligreses, sino que también se preocupó por su promoción
humana. (Aplausos en las bancas.)
Sr. Presidente (Monzó).- Tiene
la palabra la señora diputada por Córdoba.
Sra.
Carrizo (M.S.).- Señor presidente: la verdad es
que como cordobesa e hija del norte de Córdoba, emparentados con el oeste, creo
que rendir un homenaje a este santo, el cura gaucho, como lo denominamos, es
realmente hacer una reflexión, mirar su obra y analizar lo vigente, porque
todavía, lamentablemente, están las necesidades que planteaba y los motivos de
su pensamiento, para seguir cambiando la vida a nuestros comprovincianos de
nuestra hermosa Córdoba.
No
voy a referirme a su biografía porque ya lo han hecho detalladamente quienes me
precedieron en el uso de la palabra. Ha sido un promotor para cambiar la
calidad de vida de los habitantes de Traslasierra.
Tenía una obsesión increíble con el tema del trazado del ferrocarril. Tanto es
así que conocía todos los relieves del territorio geográfico, que trazó a mano en
una carta del año 1906, donde pedía a todos sus conocidos, amigos que habían
llegado a cargos importantes, y que los había conocido a través de sus
estudios, la línea ferroviaria que unía Villa Dolores-Soto, entendiendo que no
era solamente un trazado que iba a conectar a aquellos que veraneaban por esa
zona, sino que también iba a servir para solucionar problemas de salud, ya que
tenía un clima muy recomendado por los médicos en aquel momento para tratar las
cuestiones respiratorias. También tenía en cuenta la riqueza que había en esa
zona, sobre todo en vitivinicultura, en cereales, en ganadería, en minería y en
bosques.
Entendía,
con una proyección futurista, que eso iba a cambiar la realidad de los
habitantes, uniéndolos y trayendo el desarrollo económico tan postergado en esa
zona.
Por
eso se llegó a la sanción de una ley en el año 1904, la 4.366, por la que se
creó el trazado Soto-Villa Dolores. Paradójicamente, esta ley nunca fue
derogada, simplemente nunca se la puso en marcha por una cuestión presupuestaria.
Creo
que hoy debemos analizar los índices provinciales de las regiones norte y
noroeste. Estos dicen que ocupan el 36 por ciento de la superficie provincial,
y representan el 9 por ciento de la población provincial total. En esa zona de
mi provincia la densidad poblacional es de 5,31 habitantes por kilómetro
cuadrado, contra los 20 que en promedio hay en la provincia de Córdoba. Además,
en la región noroeste el nivel de analfabetismo es de casi el 3 por ciento,
contra el 1 por ciento que se registra en toda la provincia. Asimismo, es una
región en la que hay un 42 por ciento de hogares con necesidades básicas
insatisfechas, frente al 20 por ciento que se verifica en todo el ámbito
provincial. En esa zona de la provincia hay un 21 por ciento de hogares sin
provisión de agua potable y en 2010 solo el 5 por ciento contaba con el
servicio de cloaca y un 3 por ciento, con gas natural.
Hoy
rendimos homenaje a un santo que hace cien años luchó mucho por cambiarles la
vida a los pobladores de la zona norte y oeste de la provincia de Córdoba. Creo
que estos son signos que se derraman sobre una Argentina cuya sociedad nos dice
que el Estado debe estar presente donde más lo necesitan. Por ello debemos
desarrollar las obras de infraestructura que necesitan los lugares más
postergados de nuestro país.
En
ese sentido, quiero hacer hincapié en la decisión política que adoptó el actual
gobierno al poner en marcha el Plan Belgrano, que busca reparar una deuda
histórica que tenemos con las provincias del norte argentino.
Por
lo tanto, instamos a nuestro presidente –ya lo hemos hecho en otra oportunidad-
a que tenga en cuenta los índices de analfabetismo y de necesidades básicas
insatisfechas de la provincia de Córdoba. Debemos tomar conciencia de que aún
tenemos una enorme deuda con el cura Brochero. No
tengo dudas de que él nos va a iluminar para que pongamos todas nuestras
energías en pos de ese objetivo y para que el gobierno pueda cumplir con el
sueño que todos tenemos de que finalmente llegue el desarrollo a una zona que
tanto lo necesita.
Como
cordobesa y como argentina, este es el mejor homenaje que le puedo rendir al
cura Brochero, además de seguir trabajando en pos de
lo que él se propuso, que es dignificar la calidad humana de todos los
habitantes del oeste de la provincia de Córdoba. (Aplausos en las bancas.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Tiene la palabra la señora diputada
por Córdoba.
Sra.
Rossi.- Señor
presidente: los cordobeses tenemos el orgullo de contar con el cura gaucho, a
quien muchos le pedimos. Además, en los últimos tiempos las parroquias de los
pueblos más pequeños han solicitado una imagen del cura Brochero,
porque en algunos lugares no era tan conocido y quizás no se le rezaba
pidiéndole algún milagro o alguna intención en particular.
El
cura Brochero ingresó al Seminario Mayor de Córdoba
Nuestra Señora de Loreto con tan solo 16 años. En ese momento no sabía lo que
quería. Uno de sus amigos cuenta en sus memorias que Brochero
dudaba entre ser laico o sacerdote, hasta que un día un cura dio una clase en
la que habló sobre las diferencias que hay entre uno y otro. Ese fue el momento
en el que tomó la decisión de ser sacerdote, por el significado, el compromiso
y el sacrificio que eso conlleva.
Cuando
llegó al curato de San Alberto, el lugar contaba con 10.000 habitantes. Quizás
nos podríamos imaginar lo que son 10.000 habitantes; mi pueblo, Santa María de
Punilla, cuenta con 9.800 habitantes. Sin embargo, esos 10.000 estaban
desperdigados por todo el norte cordobés. Así, Brochero
tomó la decisión de unirlos, pero no de la forma en la que todos podemos
suponer: lo hizo dejando en cada lugar testimonio de su evangelización, a donde
llevó la palabra de Dios. Esa tarea no la desarrolló como un maestro, sino como
la persona que está al lado, que acompaña y que le pide al otro que haga un
sacrificio, que es el mismo que él hace.
Tan
así es que hoy en día todavía se dice –a muchos les da vergüenza reconocerlo-
que se puede ver pasar la sombra del cura gaucho cuando hay algún enfermo en un
pueblito. Seguramente se trata de algún otro paisano que anda a caballo por los
cerros, como lo hacía el cura Brochero, pero eso es
lo que siente la gente.
Carlos
Di Fulvio, un comprovinciano, escribió algo que
quisiera leerles para que se den cuenta de lo que significaba el cura Brochero. Dice así:
“Sombrerito alón, hormiguita negra, …” -claro, por su sotana‑
...“de sol a sol por entre las breñas; /
un rezo aquí, un rezo allá, /
desgranando rosarios el Cura va... /
Va con su mula, firme y segura, /
va don Brochero,
va./
Ponchito
marrón, “cigarrito’i chala”, /
humito gris ¡Brava fue la helada! /
Un
mate aquí un mate allá, /
por la Cuesta’ e San Pedro, Brochero va... /
Va con
sus rezos y sus consejos /
va don Brochero
va./
¿P’ande va señor? /
Voy para Altautina/
¿Qué va a buscar? /
Un tronco de quina. /
Adiós señor, adiós, adiós, /
lo conocen las piedras, /
los pastos y el sol. /
Y hasta el mismo río con su suspiro /
por el camino que va a Altautina /
va repitiendo Ave María.”
¿Por
qué quise leer esto? Porque Altautina es hoy un
poblado que no sé si llegara a los cien habitantes. Tenía una iglesia que
habían comenzado a construir allá por 1800 y el cura Brochero,
cuando llegó al curato, la terminó.
Era
un hombre de decir y de hacer. Seguramente algunos de ustedes han visitado la
zona de Mina Clavero y Cura Brochero, donde está el
río Panaholma, que en idioma quecha quiere decir río
de aguas tranquilas. Es realmente un río ancho con mucha arena y muy tranquilo.
Desde allí llevó el agua, hacia todos los poblados que estaban cerca, tal como
lo manifestó un señor diputado preopinante.
La
señora diputada Carrizo expresó que el cura Brochero
peleaba por el ferrocarril. Luego de fallecer, al cura Brochero
le hicieron un monumento. El gobernador de ese entonces, Ramón J. Cárcano, envió a una persona y le escribió esto: “Llévele
usted mi mensaje. Dígale que su amigo de los días de salud y del trabajo, se
descubre ante su recuerdo y también consagra con emoción su estatura. Dígale
que su quimera del ferrocarril yo la sustituí por la iniciativa y la
construcción del camino de las Altas Cumbres, en cuya cima habría cantado la
misa de Gracias. Dígale que si está con Dios es porque tuvo bondad con los
hombres y que los hombres a veces son justos con los muertos.”
Esta
es simplemente una semblanza del cura Brochero. Todos
los argentinos esperamos con mucha ansiedad el día 16 de octubre para seguir
pidiendo a nuestro Señor por la intercesión del cura Brochero.
(Aplausos en las bancas.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Tiene la palabra la señora diputada
por Chubut.
Sra.
Lagoria.- Señor
presidente: escuchar a la diputada Rossi nos llena de
emoción y nos hace venerar aún más la figura que estamos evocando hoy.
No
soy cordobesa, aunque me gusta esa provincia; pero soy mujer de la iglesia y
amo el hacer de los sacerdotes que se brindan a sus comunidades transmitiendo
el Evangelio de Cristo.
El
cura Brochero, ese José Gabriel del Rosario Brochero que naciera en 1840 en Santa Rosa, una zona del
Río Primero, y que se convirtiera ya a los 16 años en hombre consagrado a Dios,
aunque fue presbítero diez años después, dedicó toda su vida a los más pobres.
Fue un enviado de Dios cerca del pueblo y hablaba el lenguaje de la gente.
Era
también –como le decían muchos-, el curita de las malas palabras porque tal vez
era el lenguaje habitual de sus seguidores. Dedicó su vida al Señor y, como
decían anteriormente, llevaba a su pueblo, a esos diez mil cordobeses
desperdigados por las sierras, hacia la ciudad para hacer ejercicios
espirituales.
De
esa forma, les cambiaba la vida: les hablaba de caridad, de amor, de
solidaridad y de cómo debían ser ellos. Nada lo detenía, ni las ventiscas ni
los caminos difíciles. Se preocupó por dar el ejemplo. Su palabra era la que
ellos entendían, porque era el lenguaje del pueblo y fueron las que lo
indujeron a abrirse al mensaje del Evangelio.
Incansable,
se dedicó a llevar al pueblo a Dios y a lograr que vivieran con más bienestar,
porque no solo importaba el alma, sino también el cuerpo. Tal como dijeron
aquí, el cura Brochero creó las condiciones para que
las personas vivieran mejor, con caminos, viviendas y colegios, hasta que su
hacer constante e incansable lo llevó a la enfermedad.
Así,
enfermo de lepra, renunció al curato. Se fue a vivir con su familia pero luego
volvió a su casa en Villa del Tránsito. Apóstol hasta el final, murió leproso y
ciego en 1914.
Pastoreó,
como pide Francisco, y murió con mucho olor a oveja porque, tal como dijera el diario
católico de Córdoba, “es sabido que el cura Brochero
contrajo la enfermedad que lo llevó a la tumba porque visitaba largo y hasta
abrazaba a un leproso abandonado por ahí”.
La
santidad que lo llenaba hizo que en 1960 se iniciara el proceso de canonización.
Declarado venerable en 2004 por otro gran Papa, Juan Pablo II, el 16 de este
mes lo veremos subir a los altares como santo, y será proclamada por el Papa
argentino Francisco.
Hoy
la iglesia necesita vocaciones como la del cura Brochero,
es decir, jóvenes llenos de coraje y con olor a oveja, curas de los que nos
sintamos orgullosos. Por ello, debemos rezar por los seminarios, los formadores
de sacerdotes y los obispos.
Él
decía: “Si no llevo a mi pueblo la caridad, ni a cristiano llego”. Yo, como cristiana
y argentina siento orgullo de él.
Quiero
agregar que en esta sesión estamos evocando a tres grandes hacedores de la vida
comunitaria de nuestro país en distintos campos: al cura Brochero,
en relación con el Evangelio; a Hipólito Yrigoyen, defensor de los derechos y
la dignidad de los trabajadores, y a Antonio Carrizo, defensor de la cultura
argentina. (Aplausos en las bancas.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Con las palabras vertidas por los
señores diputados queda rendido el homenaje al cura Brochero.
II
Sr.
Presidente (Monzó).- Para rendir homenaje a la figura de
don Hipólito Yrigoyen, a los cien años de su asunción como presidente de la
Nación, a cumplirse el próximo 12 de octubre, tiene la palabra el señor diputado
por Santa Fe.
Sr.
Barletta.- Señor
presidente: previo al homenaje, quiero manifestar que deseo una pronta
recuperación a nuestra querida diputada Lilita Carrió.
Hipólito
Yrigoyen pertenece al linaje de los hombres que con su conducta le otorgaron dignidad
a la política. Fue un dirigente, un líder y un caudillo, pero por sobre todas
las cosas fue un gran hombre, convencido de que la política merecía ese nombre
si apuntaba a fines trascendentes.
Convencía
con la palabra y el ejemplo; la palabra sobria, medida y justa, y el ejemplo
austero. Nunca habló en público. Fue el único caudillo en la historia del siglo
XX que ganó el corazón del pueblo con el silencio. Nunca habló en público, pero
los que lo conocieron ponderaban sus convicciones, sus certezas, esa pasión
serena, esa singular manera de vivir el destino de la Patria.
Padeció
injurias y agravios que nunca respondió. Sabía que el tribunal de la historia
iba a pronunciar el veredicto definitivo.
Como
los grandes hombres de la patria, Hipólito Yrigoyen hoy es de todos. Son muy
pocos los políticos que lograron trascender las fronteras de sus propios
partidos para instalarse en la memoria y en el corazón del pueblo. Hipólito
Yrigoyen es uno de ellos.
Muerto,
recibió la honra de la historia; en vida, conoció el amor de su pueblo.
Fue
el primer político del siglo XX que despertó pasiones nobles en las clases
populares. Criollos e inmigrantes, pobres y clases medias, trabajadores del
campo y de la ciudad, empresarios y funcionarios, lo reconocieron y respetaron.
Pero los que lo amaron con más pasión y lealtad fueron los postergados, los
excluidos, las víctimas del privilegio nacional y extranjero.
Los
payadores le dedicaron sus mejores coplas. Homero Manzi
lo recordó en milongas memorables. Borges y Jauretche creyeron en él.
Político
realista, conocía el poder, pero nunca lo usó con fines subalternos; mucho
menos para vengarse o enriquecerse. Para Hipólito Yrigoyen “la causa” era un
programa y una misión. Cuando todos hablaban de guerra, él habló de paz; cuando
todos se postraban ante el becerro de oro, él reivindicó los principios.
Fue
el primer jefe de Estado que habló del honor nacional. Dijo: “Los hombres son
sagrados para los hombres y los pueblos son sagrados para los pueblos”. Si hubiera sido escuchado, seguramente el
destino del mundo en el siglo XX habría sido otro.
Siempre
sintió más hondo y vio más lejos. Defendió la universidad pública y alentó la
rebelión juvenil porque creyó en el destino de la juventud estudiosa. Protegió
el petróleo y defendió los derechos de los arrendatarios. Fue el primer
presidente que recibió a los obreros en su despacho. Y fue el primer presidente
víctima del golpe de Estado propiciado por quienes no se resignaron a aceptar
que su tiempo histórico había concluido.
Murió
lejos del poder, pero metido muy hondo en el corazón de la gente. Sus enemigos
lo atacaron con los adjetivos más duros, pero durante su presidencia nadie tuvo
miedo por su vida o su patrimonio.
Llegó
al poder en 1916 con una fortuna discreta y cuando lo dejó en 1930 era pobre.
El
día de su muerte una multitud salió a la calle a despedirlo. Nunca nadie había
visto tanta gente llorando con tanto desconsuelo. El poeta Raúl González Tuñón
lo expresó con palabras bellas y certeras: “Un pueblo lo lloraba, y cuando un
pueblo llora, que nadie diga nada porque todo está dicho.” (Aplausos en las bancas.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Tiene la palabra el señor diputado
por San Juan.
Sr.
Gioja.- Señor
presidente: antes de rendir homenaje a la figura de don Hipólito Yrigoyen deseo
compartir todo lo que se ha expresado respecto de un grande como fue el cura Brochero.
En
este sentido, quiero decir que como sanjuanino me tocan cuatro o cinco cosas
relacionadas con el cura Brochero. En primer término,
el gaucho Santos Guayama, que fue nombrado en esta sesión. Fue un gaucho de ley
al que se consideró el Robin Hood de los gauchos y al
que protegió el cura Brochero.
En
segundo lugar, Camila Brusotti, cuyo caso fue el
segundo por el cual se decidió canonizar al cura Brochero.
En
tercer término –esto tiene que ver con una cuestión muy personal‑, aquí
se nombró a Catalina Rodríguez, fundadora de la Congregación de las Esclavas
del Corazón de Jesús, que precisamente es la que actualmente administra y cuida
todo aquello que tiene que ver con lo brocheriano, es
decir, la iglesia, el museo y todo lo que hay allí. Un vínculo muy estrecho me
une a esa congregación.
Por
lo tanto, quiero compartir ese homenaje, felicitando a los señores diputados
que lo rindieron y adhiriendo a todos los conceptos expresados.
En
nombre de mi bloque hoy me toca rendir un sentido y merecido homenaje a la
figura de don Hipólito Yrigoyen, a cien años de haber asumido como presidente
constitucional de la República Argentina. Fue el primer presidente surgido
después de sancionada la llamada “ley Sáenz Peña”, que propugnaba el sufragio
secreto, universal y obligatorio, dejando atrás años de ignominia electoral
dominados por personajes que manejaban la voluntad de la gente, de los
ciudadanos, y que ponían a presidentes, a legisladores y a quienes ocupaban
cargos electivos; lo hacían a su arbitrio, digitando los destinos de la patria
como si fueran los de sus estancias, determinando sobre las voluntades de los electores
como si fuera la peonada, entre comillas.
Juan
Hipólito del Sagrado Corazón de Jesús Yrigoyen, tal su nombre completo, nació,
creció y se formó en el seno de la Unión Cívica Radical. Vivió el fragor de una
época convulsionada del país; participó en las revoluciones de 1890 y 1893,
contra regímenes conservadores que imperaban en ese entonces. La de 1890,
conocida como “La Revolución del Parque” fue liderada por Leandro Nicéforo Alem junto a centenares de hombres que se alzaron contra la
crisis económica y el fraude electoral llevado a cabo por el gobierno
conservador de Juárez Celman, quien luego de ese
levantamiento popular se vio obligado a presentar la renuncia a la Presidencia
de la Nación.
En
1883 don Hipólito se puso al frente de la protesta contra el gobierno del
Partido Autonomista Nacional. Ese acto reafirmó no solo el sentimiento
nacional, popular y revolucionario de don Hipólito Yrigoyen sino también el del
radicalismo, que se erigió como una fuerza política en todo el territorio de la
República Argentina.
Después
de los episodios de 1890 y 1893 se consolida la figura del doctor Yrigoyen,
quien logró popularidad entre sus correligionarios y alcanzó un gran nivel de
conocimiento a lo largo y a lo ancho de nuestro extenso territorio. Fueron años
de luchas políticas contra el poder concentrado y conservador que gobernaba por
aquellos años. Siempre defendió las causas populares; siempre estuvo del lado
de los que más necesitaban, hasta que en 1905 Yrigoyen vuelve a ponerse al
frente de una nueva revolución contra el poder conservador que encarnaba en ese
entonces Manuel Quintana, del Partido Autonomista Nacional. La presión popular
contra el poder conservador y quienes lo encarnaban apuró la confección y
posterior sanción de la ley Sáenz Peña, que propiciaba el voto universal,
secreto, masculino y obligatorio, y que fue aplicada por primera vez en las
elecciones nacionales de 1916, en las que don Hipólito Yrigoyen obtuvo el
resonante y contundente triunfo que lo transformó en el primer presidente constitucional
de la República Argentina, hecho del cual estamos conmemorando hoy cien años.
Solo
cien años han pasado del primer acto comicial derivado de la ley 8.871, o Ley
Sáenz Peña, y de la asunción del primer presidente electo con esa norma.
Don
Hipólito Yrigoyen representa el arquetipo del político democrático, popular y
revolucionario, con fuertes convicciones, que siempre pensó para bien de su
país.
Quizás
don Hipólito fue un hombre que se adelantó a su tiempo; por eso muchas veces
fue incomprendido. Él forma parte de esos hombres que, junto con el general San
Martín, Mariano Moreno, Juan Manuel de Rosas y Juan Domingo Perón, quedarán en
la historia grande de nuestro país por encarnar las grandes gestas en sus
épocas que determinaron importantes cambios en el rumbo de nuestra querida
patria.
Esta
Cámara de Diputados, que es nada más y nada menos que la casa de la democracia,
hoy rinde un justo homenaje a quien sigue siendo faro y guía de las futuras
generaciones de hombres y mujeres no solo de la Unión Cívica Radical sino de
todos quienes queremos democracia para siempre en nuestra patria y en todos los
países libres del mundo, que tenemos a don Hipólito Yrigoyen como uno de sus
máximos exponentes. (Aplausos en las
bancas.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Tiene la palabra el señor diputado
por Buenos Aires.
Sr.
Recalde.- Señor
presidente: nuestro bloque había designado al diputado José Luis Gioja para rendir el justo homenaje a don Hipólito
Yrigoyen, pero me parecía pertinente –así lo habíamos convenido- agregar
algunas palabras.
No
voy a utilizar términos reglamentarios, pero sí quiero hacer referencia a cómo
fue el golpe de José Félix Uriburu, a quien tal vez
Yrigoyen hubiera caracterizado haciendo referencia a las “impertérritas miserabilidades”. Algunos términos que empleaba Hipólito
Yrigoyen causaron impresión en mí y suelo utilizarlos a menudo.
Podría
hablar largamente de muchas cuestiones, pero los homenajes deben ser cortos y
republicanos. Por lo tanto, solo voy a hacer referencia a dos hechos. En 1922
Hipólito Yrigoyen fundó Yacimientos Petrolíferos Fiscales. Esto es un hecho
absolutamente destacable en términos republicanos y de lo que significa el rol
del Estado. (Aplausos en las bancas.)
Como
también decía don Hipólito, desde mi rol de laborista hablaré de las
“efectividades conducentes”. No puedo dejar de mencionar que ya cerca de
terminar su segundo mandato, en 1929, se sanciona la ley 11.544, que limita la
jornada de trabajo a ocho horas diarias y cuarenta y ocho horas semanales. (Aplausos en las bancas.)
Quiero
finalizar este homenaje diciendo a los “comparreligionarios”
que a la próxima ley que limite más la jornada de trabajo debemos ponerle el
nombre de don Hipólito Yrigoyen. (Aplausos
en las bancas.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Tiene la palabra la señora diputada
por Buenos Aires.
Sra.
Moreau.- Señor
presidente: estamos celebrando el centésimo aniversario de la llegada de don
Hipólito Yrigoyen a la presidencia de la Nación. Sin lugar a dudas, este hecho
tuvo una enorme trascendencia para la democracia y para la historia de la
Argentina.
La
asunción de Yrigoyen significó un punto de quiebre en la historia. Fue el
pueblo constituido en soberano el que llegó al poder en 1916. Ese ascenso
popular no fue fortuito. Como muchas veces en nuestra historia, los derechos
sociales y ciudadanos se consiguieron luego de años de luchas inclaudicables.
En
esos años la acción revolucionaria, con abstencionismos enmarcados en procesos
eleccionarios plagados de ilegalidades, donde las prácticas corruptas del
antiguo régimen impedían las libertades democráticas, don Hipólito Yrigoyen
solía repetir una conocida frase que hoy en día cobra más vigencia que nunca:
“Que se pierdan cien gobiernos pero que se salven los principios”.
Su
figura –como la de tantos otros- se agiganta con el paso del tiempo, ya que
enfrentó el desafío de generar un nuevo paradigma cívico que transformara
estructuralmente las bases políticas, institucionales y sociales de un Estado
que había sido moldeado solamente para sectores minoritarios.
La
Ley Sáenz Peña fue la herramienta, fiel a sus principios, que permitió que la
gente se expresara en las urnas sin condicionamientos por primera vez el 2 de
abril de 1916, acabando con el fraude permanente impuesto por las oligarquías
para perpetuarse en el poder.
Ese
12 de octubre se congregó en las calles aledañas a este Congreso y a la Plaza
de Mayo la muchedumbre más grande de la que se tuviera memoria hasta entonces.
Fue sin duda el primer gran triunfo de la democracia moderna. Don Hipólito supo
entonces que el desafío pasaba por el continuo fortalecimiento del Estado de
derecho y su construcción participativa, para lograr que el privilegio de unos
pocos no volviese a imponerse frente a la igualdad de la ciudadanía. La
democracia debía convertirse en el mejor medio para alcanzar el bienestar
colectivo.
Fue
por ello que durante sus mandatos presidenciales constitucionales se llevaron
adelante políticas con un fuerte sentido de reparación social que resultaron
pilares fundamentales en la construcción de una sociedad más justa, más
democrática y más igualitaria.
Esas
políticas trascendieron su propia época y fueron reivindicadas por los
gobiernos populares que lo sucedieron en el tiempo. Se destaca, entre otras, la
ley de alquileres; la jubilación de empleados ferroviarios y de personal de
empresas particulares; el fomento a la investigación científica mediante la
creación de los institutos de la Nutrición, del Petróleo y del Cáncer; y la
neutralidad en la Primera Guerra Mundial sin claudicar ante las presiones
externas. En este sentido, Yrigoyen siempre priorizó la soberanía nacional
frente a los intereses de las naciones poderosas a partir del principio
fundamental de la autodeterminación de los pueblos.
Otra
de sus políticas fue la de la intervención estatal en los conflictos entre
obreros y las patronales, resolviendo siempre las disputas en favor de los
sectores más vulnerables; esto fue una realidad por primera vez en nuestro
país.
Yrigoyen
también entendió que la educación era uno de los pilares básicos del
crecimiento en la Argentina. Por ello creó más de tres mil escuelas a lo largo
y a lo ancho del territorio, lo que hizo que el analfabetismo descendiera del
20 por ciento al 4 por ciento.
Asimismo
impulsó la reforma universitaria, que permitió de una vez por todas que la
universidad promoviera el sueño de la movilidad social ascendente, de la cual
todos somos hijos y nietos, pudiendo crecer en condiciones de igualdad, pese a
lo que nos falta.
La
autonomía universitaria, el cogobierno, el acceso irrestricto a la universidad,
la libertad de cátedra y la gratuidad en la enseñanza pública a nivel superior
fueron cambios que pusieron a nuestro país entre los más avanzados del mundo en
materia educativa. Cabe aclarar que aún hoy muchos países que se dicen
desarrollados siguen discutiendo estos temas.
Los
que nos formamos en la tradición yrigoyenista estamos
profundamente orgullosos porque Yrigoyen fue también un firme defensor del
suelo y del subsuelo. Fundó Yacimientos Petrolíferos Fiscales, con la destacada
labor del general Enrique Mosconi, y propugnó la nacionalización del petróleo.
La política petrolera también fue una política de Estado pensada para asegurar
la soberanía hidrocarburífera de la Nación. Fue, sin duda, la visión de futuro
de un estadista.
Lamentablemente,
los vaivenes de la política argentina y de la coyuntura hicieron que durante
muchos años los argentinos perdamos ese valor que tenemos –YPF- sin entender la
importancia de su centralidad como política de Estado para nuestro desarrollo.
Estos
hitos pudieron ser alcanzados en el marco de una construcción democrática que
no estuvo exenta de dificultades. La transformación de una Argentina injusta y
desigual, degradada en sus concepciones morales y en su estructura
institucional por el régimen conservador –sumado el escaso apoyo de algunas
provincias, muchas veces del Congreso y de una prensa que en varias ocasiones
vapuleó injustamente y de manera constante su figura-, fueron elementos con los
que tuvo que lidiar hasta el último día.
Yrigoyen
no puso excusas, no se victimizó ni estuvo cansado. Llegó junto al pueblo para
cambiar el régimen falaz y descreído por un orden de cosas enteramente nuevo, y
lo consiguió. Por eso se convirtió en el primer referente de la causa de los
desposeídos.
La
lucha de Yrigoyen, su legado, aún continúa teniendo incidencia en nuestro
horizonte político. Por estas razones, nuestro bloque lo reivindica todos los
días. (Aplausos en las bancas.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Tiene la palabra la señora diputada
por Santa Fe.
Sra.
Ciciliani.- Señor
presidente: desde el bloque socialista entendemos que venimos a rendir homenaje
a un grande de la historia política argentina. Queremos marcar no solamente su
personalidad sino también su trayectoria, y desde ese punto de vista hablar de
su decencia, de su transparencia, de sus valores democráticos y del hecho de
haber sido electo por el voto popular. Como bien se dijo en el transcurso de la
sesión, por el voto mayoritario masculino, porque todavía las mujeres no
habíamos alcanzado ese derecho. Fue un avance contra el poder conservador que
los sectores populares en la Argentina, con el voto masculino, pudiesen elegir
a este fiel representante de la democracia.
Como
socialista, quiero destacar tres aspectos fundamentales que ubican a Yrigoyen
como un estadista y lo transforman en merecedor de un homenaje por parte de
este Congreso.
En
primer lugar, debo mencionar su lucha por los derechos laborales: la jornada de
trabajo y el descanso dominical para las tareas abusivas y en condiciones
extremas que sufrían los trabajadores hace cien años. Fue una dura lucha la que
emprendió, que le costó mucho en el golpe de Estado que sufrió en 1930. Esta
batalla contra el poder conservador para reivindicar los derechos de los
trabajadores tenemos que resaltarla y nunca olvidarla porque todavía hoy –cien
años después- debemos seguir luchando en favor de los sectores populares.
Segundo,
quiero reivindicar la reforma universitaria de 1918. Como bien dijo la diputada
que me precedió en el uso de la palabra, somos hijos de esa universidad pública
que nos dio la posibilidad de acceder a una educación de calidad y de
democratizar la enseñanza superior.
En
tercer lugar, permítaseme resaltar la obra de Mosconi,
que seguramente no hubiese sido posible sin el apoyo político de Yrigoyen.
Fue
fundamental su mirada estratégica de estadista respecto de lo que significaban
YPF y la nacionalización del petróleo para pensar en un país en grande, como
así también su visión sobre los derechos del trabajo y de la educación.
Por
estos tres grandes ejes de su vida política y mucho más, desde el bloque
socialista rendimos homenaje a Hipólito Yrigoyen y queremos mostrar no solo a
los políticos sino también a los jóvenes que podemos mirar la trayectoria de
nuestra patria y aprender de los ejemplos del pasado. (Aplausos en las bancas.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Tiene la palabra el señor diputado
por Tucumán.
Sr.
Masso.- Señor presidente:
constituye una gran alegría que esta Cámara reivindique hoy la figura de un
hombre de la política argentina como fue don Hipólito Yrigoyen. Precisamente lo
hacemos en estos tiempos en los cuales las instituciones públicas y la política
no encuentran de qué manera recobrar la confianza de un vasto sector de la
sociedad.
Hace
cien años don Hipólito Yrigoyen mostraba cuál era la verdadera política pública
que era posible aplicar para construir una Argentina de iguales. Por supuesto
que no le fue fácil y que tuvo que luchar enfrentando las acciones de los que
siempre se niegan a que este país tan rico cuente con igualdad de
oportunidades.
En
ese sentido, es muy importante decir que ha sido muy destacable la actuación de
esta figura de la política argentina. Además, deberíamos preguntarnos qué
pensaría hoy día si viera a una clase política muy alejada de la realidad de la
gente. Me refiero a una clase política que es más noticia por la corrupción y
la impunidad que por los actos de gobierno, nada que ver con esa Argentina
inclusiva por la que luchaba don Hipólito.
Como
decía recién una señora diputada por Córdoba sobre el cura Brochero,
entiendo que no existe mejor homenaje que construir en función de lo que
aprendimos de don Hipólito Yrigoyen.
Este
hombre de la democracia trabajó para que los argentinos pudieran votar; también
acompañó esa gran lucha por la Reforma Universitaria del 18 y la posibilidad de
que la universidad pública y gratuita esté abierta para todos los argentinos.
A
don Hipólito Yrigoyen no le tembló el pulso para recuperar millones de
hectáreas, proponiendo una política agraria en beneficio del país.
Serían
muchos los ejemplos que podríamos recoger de este verdadero hombre de la
democracia. Pero estoy convencido de que si a don Hipólito Yrigoyen hoy le
tocara vivir esta cruel realidad que padece la República Argentina de pobreza,
desempleo y falta de oportunidades, seguramente estaría pensando en ese tercio
de la población -ni más ni menos que 13 millones de argentinos- para buscarle
trabajo genuino. Estoy hablando de la dignidad que significa contar con un
trabajo e incluir a la gente. Hay que garantizar a 5 millones de niños y niñas
que hoy habitan nuestro suelo argentino, y forman parte de la cruel estadística
de vivir por debajo de la línea de pobreza y la indigencia, que es posible un
futuro mejor. Y ese futuro mejor lo podemos dar a través de la inclusión, para
garantizarles el sueño de que cuando sean adolescentes su presente no sea la
droga, la prostitución o la delincuencia sino la educación para formarse como
argentinos de bien.
Desde
el bloque de Libres del Sur vaya este homenaje a un gran político y gran
hombre, pero sobre todo a un gran funcionario de la institucionalidad argentina
del que mucho tenemos que aprender para sacar adelante a nuestro país. (Aplausos en las bancas.)Sr. Presidente (Monzó).- Tiene la palabra la señora diputada
por La Rioja.
Sra.
Vega.- Señor presidente: a muy pocos días de
cumplirse el centenario de la democracia ampliada en nuestro país quiero rendir
homenaje en primer lugar a todos aquellos hombres que mediante una reforma
clave, como la Ley Sáenz Peña, posibilitaron que en 1916 llegara a la
Presidencia don Hipólito Yrigoyen, acompañado por mi coterráneo Pelagio Baltasar Luna, ambos ciudadanos de principios
republicanos, con un gran sentido de responsabilidad y compromiso para con la
ciudadanía, pero sobre todo para con la patria.
En
este caso en particular me voy a referir al doctor Pelagio
B. Luna, que nació en La Rioja el 7 de enero de 1867, un año muy importante no
solo para La Rioja sino también para la pelea que llevaron adelante las
provincias argentinas por el federalismo, la autonomía y la unidad
latinoamericana, porque ese año el general Felipe Varela se enfrentó a las
tropas nacionales en el Pozo de Vargas.
El
doctor Pelagio Baltasar Luna cursó sus estudios
primarios y secundarios en mi provincia, con excelentes calificaciones, y tuvo
que emigrar para seguir sus estudios en la universidad, donde se graduó como
doctor en Jurisprudencia. Luego hizo la tesis para el doctorado, que versó
sobre mandato y obligaciones hacia la ciudadanía, tesis que prácticamente es un
tratado de cien hojas, donde realiza un análisis de distintas leyes y opiniones
de tratadistas.
Para
fundamentar la representación en la democracia, él remarca: “No siempre el
hombre puede proveer por sí mismo a sus necesidades. Las enfermedades, los
obstáculos de todo género que a menudo se le presentan en el curso de la vida,
le hacen indispensable valerse de otros para realizar aquello para lo que se
encuentra imposibilitado”. En otra parte dice: “El sentimiento de amistad y la
benevolencia fueron la fuente de ese contrato. De allí viene su nombre, mandatum o manu data, porque al celebrarlo, los contrayentes
dábanse la mano, simbolizando así la confianza que el
mandante tenía en el mandatario y la fidelidad de éste para con aquél”.
Mi
coterráneo no ha tenido la posibilidad de ser recordado en los lugares donde
deberían hacerlo por su aporte a la historia nacional pero sobre todo al
sistema democrático. No he querido dejarlo pasar de largo, y por eso no seré yo
quien tenga que dar explicaciones de por qué su nombre, por ejemplo, no pudo
figurar en un Orden del Día. No seré yo quien tenga que responder, porque hace
dos meses presenté una nota pidiendo que se anexara un reconocimiento y un
homenaje para Pelagio B. Luna dentro de todo lo
previsto para Hipólito Yrigoyen y no obtuve respuesta. No seré yo quien tenga
que dar explicaciones de por qué este vicepresidente no mereció tener un
homenaje en la sala donde está expuesto su retrato. Pero así son las cosas; por
lo menos nos contentaremos con recordarlo en este momento.
También
quiero decir que durante su mandato, en un momento particular, para destacar la
personalidad de Pelagio B. Luna hubo un grupo de seis
senadores que vinieron y presentaron todo lo necesario para armar un juicio
político contra Hipólito Yrigoyen, ofreciéndole la posibilidad de llegar a la
Presidencia. Nunca lo aceptó, respondiendo sin duda a la lealtad de sus
principios, primero con el partido y luego con la ciudadanía y con la patria.
Por
otro lado quiero recalcar que su relación con el presidente Yrigoyen no era la
mejor, pero no porque sí, sino porque no veía con buenos ojos lo que había
hecho el presidente de abrir las puertas y recibir en los lugares que no
correspondía a los conservadores, esos advenedizos de la política que hubo
antes, los hay ahora y los habrá siempre, esos acomodaticios que sin duda no le
hacen muy bien a la política, a los que yo denomino “los saltacharcos”.
Quiero
destacar una de las partes de su discurso frente al Senado en el año 1916:
“Desde el llano, de donde vengo, a pesar de los azares y crudezas de una larga
lucha de más de cinco lustros, no traigo amarguras, agravios, prevenciones ni
recelos porque he bregado siempre por ideales que consideré y considero
nobilísimos, completamente inconciliables con los pequeños apasionamientos y
los antagonismos personales. Siento en mi alma la dulce tranquilidad que me
infunde la paz de la conciencia, y por ello creo firmemente que podré cumplir
lealmente los deberes de justicia y de imparcialidad ecuánime y prudente que la
dignidad de la investidura impone, sin detrimento de la firmeza a su vez
exigida por el cumplimiento de la Constitución, las leyes, los reglamentos y
las resoluciones”.
Por
último quiero decir que hay un solo material sobre Pelagio
B. Luna en nuestra provincia, y justamente lo ha escrito un peronista
histórico. No por nada él ha denominado a toda esta investigación histórica que
hizo sobre Pelagio B. Luna “el olvidado apóstol del
credo radical”.
Dado
que hay como noventa instituciones y escuelas de distintos lugares que llevan
el nombre de Néstor Kirchner y han pedido un cambio de nombre, quiero proponer
el nombre del doctor Pelagio Baltasar Luna para que
así se llamen algunas de estas instituciones. Creo que será justicia para la
historia y también para el partido radical, que parece que en muchos casos lo
tiene olvidado. (Aplausos en las bancas.)
Sr. Presidente (Monzó).- Tiene
la palabra el señor diputado por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Sr.
Raffo.- Señor
presidente: adhiero calurosamente a lo que se ha dicho sobre la personalidad de
don Hipólito Yrigoyen; simplemente me voy a tomar unos minutos para subrayar
tres aspectos de su personalidad.
Debo
resaltar la defensa que hizo de la dignidad de los hombres y de los pueblos.
Así, su frase “Los hombres son sagrados para los hombres y los pueblos son
sagrados para los pueblos” constituyó un principio de su política exterior, que
luego fue conocida como “doctrina Yrigoyen”.
Al
respecto cabe señalar que no se trató de una doctrina abstracta; era una
posición concreta frente a un episodio determinado, como lo fue la invasión a
la República Dominicana por parte de las tropas de los Estados Unidos de
Norteamérica, que tomaron el país para cobrarse la deuda externa.
En
ese contexto se produjo el emocionante episodio en el que participó el crucero
9 de Julio, que al arribar al Puerto de Santo Domingo y ver que flameaba la
bandera norteamericana se abstuvo de hacer el saludo que habitualmente realiza
un buque de guerra a modo de homenaje al ingresar al puerto de otro país con
una salva de cañones. En ese momento se consultó a Yrigoyen qué debían hacer, y
el presidente ratificó la decisión y dio la instrucción de que se debía rendir
homenaje exclusivamente ante la bandera de la República Dominicana. La
información circuló entre los dominicanos y un grupo de patriotas se dirigió al
puerto agitando una bandera del país. Recién al observarse esto desde el
crucero argentino, la nave realizó el saludo protocolar.
Esa
decisión llevó a don Hipólito Yrigoyen y a la República Argentina a no
participar en la Liga de las Naciones, ya que se humillaba al vencido y se
trataba de manera diferencial a los países pequeños en relación con los más
grandes.
Como
bien dijo en esta sesión la señora diputada Moreau,
esa decisión la adoptó en defensa de la neutralidad argentina durante la
Primera Guerra Mundial. A raíz de esa medida fue acusado de germanófilo, de lo
que también luego sería acusado el gobierno peronista durante la Segunda Guerra
Mundial por su posición neutral frente al conflicto. Por lo tanto, Yrigoyen
transitó –como lo hicieron los gobiernos nacionales y populares de nuestro
país- por la senda de la neutralidad ante esos conflictos que nos resultaban
ajenos.
Tal
como aquí se ha señalado, Yrigoyen accede al poder en 1916 legitimado por el
voto popular. Pero debemos decir que esa elección fue el fruto de su lucha. En
consecuencia, no solo debemos reconocer lo que significó el voto de la
ciudadanía sino también la larga lucha revolucionaria que llevó adelante
Yrigoyen y los partidos que formaron parte de la Revolución del Parque.
Hoy
debemos señalar que en las revoluciones de 1893 y 1905 Yrigoyen asumió la lucha
armada en defensa de la legitimidad del derecho del pueblo a votar.
Recuerdo
a los presentes que en oportunidad de producirse la Revolución de 1893 ocupaba
la Presidencia de la República el doctor Luis Sáenz Peña, con cuyo nombre se
designó a una calle de esta ciudad. Luego, durante la Revolución de 1905, el
presidente era Manuel Quintana, nombre con el cual se designó a otra calle.
Yrigoyen
entendió que el cumplimiento de esas formalidades constitucionales no alcanzaba
para legitimar a los gobiernos. Por eso lanzó aquella consigna radical sobre la
“abstención revolucionaria”. Yrigoyen sostenía que no se podía participar en
comicios convocados por un régimen que él consideraba –de acuerdo con su
lenguaje particular- falaz y descreído. Decía que, por el contrario, había que
impulsar la causa de la emancipación, que es una expresión también claramente yrigoyenista. Don Hipólito Yrigoyen siempre hablaba de la
emancipación nacional, concepto que luego tomó otro movimiento popular: el
Movimiento Peronista.
Otro
aspecto importante de la vida de don Hipólito Yrigoyen fue su absoluta
honestidad personal. Recordemos que cuando lo derrocaron saquearon su casa,
ubicada en la calle México al 1000. En ese momento todos pudieron observar la
humildad y simplicidad de su mobiliario. Yrigoyen no aumentó su patrimonio
durante sus presidencias. Tampoco incrementó impúdicamente su riqueza. Por el
contrario, mantuvo lo que tenía y murió pobre.
Por
todas estas razones, y por lo que ya han expresado los oradores que me
precedieron en el uso de la palabra, se merece el respeto y el homenaje de
todos los argentinos. (Aplausos en las
bancas.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Tiene la palabra la señora diputada
por Santiago del Estero.
Sra.
Pastoriza.- Señor
presidente: con este homenaje a don Hipólito Yrigoyen conmemoramos el primer
período presidencial surgido de la voluntad popular.
La
elección democrática por parte del pueblo fue libre, secreta, universal,
obligatoria, sin proscripciones ni fraude. Esto no fue una casualidad ni una
concesión desinteresada por parte del régimen sino fruto de la lucha llevada
adelante por hombres y mujeres de la democracia, que con actitudes heroicas y
cotidianas construyeron la Ley Sáenz Peña.
Esta
conquista marcó un nuevo comienzo en el que la causa, que era más grande que
las urnas, potenció un proceso de democratización del espacio social en el que
las clases populares se incorporaron a la vida política no como espectadores
sino como protagonistas del cambio.
Este
proceso fue el resultado de un accionar colectivo del cual Hipólito Yrigoyen se
convirtió en un símbolo.
Hipólito
Yrigoyen tenía una visión estratégica del país que quería construir; sostuvo
políticas de Estado que crearon futuro, transformando nuestra economía,
potenciando capacidades y trayendo dignidad ciudadana.
“Mi
programa es la Constitución”, repetía Yrigoyen, convencido de que solo bajo un
mandato republicano podrían crearse las condiciones para crecer de manera más
equitativa e incorporar al sistema productivo a millones de argentinos. En el
camino construyó políticas de Estado que todavía son hitos en el campo popular,
como la creación de YPF, la reforma universitaria y el otorgamiento de
personería gremial a los sindicatos.
Para
los que nos hemos formado en la cultura radical, don Hipólito nos enseñó con su
testimonio la importancia de la palabra, la tenacidad en la defensa de nuestras
ideas, el ejercicio de la función pública con honradez y el compromiso con la
vida democrática.
Frente
a la prédica de la verdad y de la honradez intelectual, aquel régimen falaz y
descreído, que no podía volver al poder por medio de las urnas, tuvo que optar
por el camino de la dictadura. Así fue como el primer presidente electo por la
voluntad popular fue el primero en sufrir un golpe de Estado.
Don
Hipólito Yrigoyen murió poco tiempo después en la pobreza y sus restos fueron
acompañados por miles de ciudadanos que los llevaban en andas por las calles de
Buenos Aires como un mensaje de un pueblo que nunca se rendiría. (Aplausos en las bancas.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Tiene la palabra el señor diputado por La
Rioja.
Sr.
Olivares.- Señor presidente: sin duda que los
señores diputados que me precedieron en el uso de la palabra han dicho mucho de
la historia de este hombre que ha dejado tanto para nuestro país en épocas
quizás muy difíciles.
Seguramente
habría mucho más por decir, pero hay que resaltar su honestidad, su transparencia
y su compromiso con el pueblo de la Nación Argentina al trabajar
incansablemente para lograr una mejor calidad de vida de cada uno de sus
habitantes.
Hablar
de Hipólito Yrigoyen es hablar de democracia, de honestidad, de transparencia y
de conducta. Eso es un orgullo para quienes hoy militamos en la Unión Cívica
Radical, este partido que tiene más de 125 años.
El
próximo miércoles 12 se conmemorarán los cien años de la asunción de don
Hipólito Yrigoyen como primer presidente democrático. Para nosotros es un
orgullo pertenecer a la Unión Cívica Radical. Este es un camino que nos ha
marcado y que sin duda estamos dispuestos a continuar.
Pero
como riojano no puedo evitar hablar del hombre que acompañó a Hipólito Yrigoyen
en los destinos de nuestro país. Me refiero a Pelagio
Baltasar Luna, un riojano que a los 22 años se graduó como abogado en la
Universidad Nacional de Buenos Aires y fue el fundador de la Unión Cívica
Radical en la provincia de La Rioja, quien ha dejado su vida por este partido.
Sin
duda, este es un legado que tenemos los riojanos y, fundamentalmente los
radicales, ya que honramos a este hombre que ha dejado parte de su vida en el
partido Radical. Se fue muy joven: a los 52 años dejó este mundo por una enfermedad.
Ocupó cargos en la justicia provincial y dictó clases de literatura en el colegio
Joaquín Víctor González.
Me
voy a permitir leer, señor presidente, los párrafos con que un hombre de la
Unión Cívica Radical despidió los restos de este ilustre riojano: “En nombre de
la Unión Cívica Radical de la provincia de La Rioja vengo a daros el postrer
adiós derramando sobre su tumba las flores más preciosas de nuestra existencia,
impregnadas de las lágrimas y del dolor que tu desaparición nos ha causado para
que formen la corona que ha de cubrir tu sien en tu marcha ascensial
hacia el infinito.”
Ese
es el legado que nos dejó Pelagio Luna, quien
acompañó a Hipólito Yrigoyen en un gobierno honesto y transparente de cara a la
ciudadanía y al pueblo.
También
me voy a permitir referirme a otro riojano que acompañó a Hipólito Yrigoyen
durante su gobierno del 16. Quizás muchos no tengamos la suerte de conocer su
historia, pero me quiero referir a José Santos Salinas, ex ministro de Justicia
y de Educación de la Nación. Se trata de un hombre nacido en un paraje llamado
El Simbolar, que queda entre las localidades de
Chañar y Olta, departamento de General Belgrano,
provincia de La Rioja.
Este
hombre ha sido convocado por Hipólito Yrigoyen para hacerse cargo de la justicia
y de la educación de nuestro país, fue maestro y fundador de las escuelas
normales e instauró el guardapolvo blanco que igualó a los niños que en ese
momento iban a la escuela. Asimismo, instauró al 21 de septiembre como Día del
Estudiante para que nuestros jóvenes pudieran tener el privilegio de festejar
su día al inicio de la primavera.
Al
asumir la presidencia, Hipólito Yrigoyen llevó a José Salinas como ministro de
Educación, y uno de sus principales colaboradores fue Ángel Gallardo, un
militante radical de la provincia de La Rioja que hace muy poco tiempo –no más
de cuatro o cinco años- nos ha dejado de acompañar. Es un orgullo para mí haber
conocido a un hombre que ha participado
de ese gobierno, con quien he compartido muchos momentos.
José
Santos Salinas, cuando era ministro, se hizo cargo de una intervención a la
Universidad de Córdoba. No estaba de acuerdo con la reforma universitaria, pero
Hipólito Yrigoyen dobló la apuesta y lo puso como interventor de la universidad.
Así, después de bastante tiempo, José Salinas se hizo cargo de esta
intervención y finalmente apoyó al movimiento y reformó el funcionamiento de
las universidades. Es más: fue fundador de la Universidad Nacional del Litoral.
Para nosotros, como riojanos y radicales, es un orgullo.
Quiero
finalizar mi exposición citando una frase de Hipólito Yrigoyen pronunciada en
el momento en que fue derrocado, durante su segundo mandato: “Fuertes vientos
nos golpean en la frente, pero siempre se quebraron en la nobleza de nuestras
puras convicciones.” (Aplausos en las
bancas.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Tiene la palabra el señor diputado
por San Luis.
Sr.
Ricardo.- Señor presidente: los radicales
queremos participar sentidamente de este homenaje a don Hipólito Yrigoyen. De
las múltiples dimensiones que podríamos resaltar de este gran político y hombre
de nuestra República, creo que con toda justicia y rigor histórico podríamos
decir que fue el primer presidente revolucionario, democrático y popular de la
historia política argentina.
Como
militante del movimiento reformista universitario, quiero rendir mi homenaje a
don Hipólito Yrigoyen, destacando y reconociendo el rol sustantivo que ha
tenido en la consolidación de la reforma universitaria. El gobierno de Yrigoyen
adoptó medidas clave en respuesta a las demandas estudiantiles. Una de las más
importantes fue la que permitió ampliar las posibilidades del pueblo de acceder
a la educación superior y a mayores oportunidades, como así también la creación
de nuevas universidades, tal como lo han expresado otros señores diputados que
me precedieron en el uso de la palabra.
Todos
sabemos cuál fue el descontento que llevó al movimiento estudiantil a
desembocar en la reforma universitaria. El 11 de abril de 1918 se fundó la Federación
Universitaria Argentina, integrada por alumnos de distintas universidades, como
por ejemplo las de Tucumán, de Santa Fe, de Córdoba, de La Plata y de Buenos
Aires. Ese mismo día Hipólito Yrigoyen recibió a la delegación de los
estudiantes, cuando los representantes ya habían sido elegidos por la juventud.
El
historiador radical Gabriel del Mazo, quien también fue protagonista de la
reforma universitaria, contó que ese día Hipólito Yrigoyen dijo a los alumnos
lo siguiente: “Nuestro gobierno pertenece a este espíritu nuevo, reformista, de
los estudiantes, que se identifica con las justas inspiraciones de ustedes, los
estudiantes”. Asimismo, les transmitió la idea de que la universidad debía
nivelarse con el estado de conciencia alcanzado por la República.
Como
lo expresó el señor diputado Olivares, Hipólito Yrigoyen también accedió a la
solicitud que le presentaron los estudiantes del Congreso Nacional de
Estudiantes Universitarios, en el sentido de crear la Universidad Nacional del
Litoral, que constituye un emblema nacional, latinoamericano y mundial en
materia de educación superior, como así también de nacionalizar la Universidad
Nacional de Tucumán.
Durante
su gobierno, en julio de 1918, Yrigoyen promovió ante el Congreso Nacional un
proyecto de ley referido a los tres niveles educativos. En esa instancia, dijo
lo siguiente: “Asistimos a una hora de grandes reparaciones y de renovación de
todos los valores. Es necesario satisfacer, abordando este problema, uno de los
más palpitantes anhelos nacionales”.
En
un párrafo desafiante, conmovedor, el historiador Félix Luna escribió: “¿Qué
misterioso hechizo cautivó el alma de tantos argentinos durante tantos años a
la figura de Hipólito Yrigoyen? Jamás pronunció discursos, escribía farragosamente,
no se mostraba en público, detestaba ser fotografiado. En las escasas campañas
electorales en que estuvo presente, se encerraba en un hotel...” y no salía hasta
que todo terminaba.
Administraba
su silencio de una manera que ahora consideramos magistral; siempre rechazó el
apoyo de partidos ajenos; no buscó el arrimo de fuerzas económicas, grupos
sociales ni diarios. Un asesor de relaciones públicas hoy se volvería loco
tratando de lidiar con un político de estas características.
Qué
misterioso hechizo nos cautivó, como dice Félix Luna, y nos sigue cautivando de
aquel gran hombre con esas características. Si así fue, como muchos ensayos
políticos e historiográficos lo remarcan, será porque eligió siempre la opción
más patriótica, la más conveniente para la Nación y la República, la más
progresista, la de mayor protección para nuestro pueblo. Por eso, el legado de
sus gobiernos fue una ideología consistente, sólida, robusta, popular y siempre
con una enconada defensa de lo nacional, de lo propio, de lo argentino; en
definitiva, una ideología profundamente igualitaria y democrática.
Hoy
los radicales, los argentinos, venimos a sumarnos y brindar nuestro humilde y
breve homenaje en este acto; teníamos muchas ganas de hacerlo. Felicito a
quienes lo han promovido y a todos los que estuvieron presentes. Es un merecido
homenaje a don Hipólito Yrigoyen, que ya no es solo parte indisoluble del ser
radical sino que está arraigado en lo más profundo del corazón y del respeto
del pueblo argentino. (Aplausos en las
bancas.)
Sr. Presidente (Monzó).- Tiene la palabra el señor diputado por Chaco.
Sr.
Goicoechea.- Señor presidente: quiero contar a
todos que el 3 de julio de 1933 fallecía don Juan Hipólito del Sagrado Corazón
de Jesús Yrigoyen, año en que nacía mi padre en una localidad del interior de
la provincia del Chaco, llamada Presidencia de la Plaza, fundada por un decreto
de Hipólito Yrigoyen en el año 1921.
Mucho
se ha hablado sobre los dos gobiernos de Yrigoyen y su fructífera obra. Por
eso, quiero referirme a su dimensión espiritual. En su juventud adhirió a las
leyes espirituales de Krause. Recordemos que el krausismo fue un movimiento del
que participaron muchos presidentes en América Latina. A quienes lo denominaron
“el apóstol, el iluminado”, quiero contarles que finalmente termina siendo
profundamente cristiano converso. Haciendo un paralelismo justamente con el
cura Brochero –a quien también rendimos su merecido
homenaje-, los dos, qué casualidad, fueron maestros de filosofía, y ambos tuvieron
una opción preferencial por los pobres; los dos fueron patriotas nacionalistas.
El
nombre de Sagrado Corazón de Jesús es el Sagrado Corazón de Jesús que se hizo
carne en el cura Brochero.
Política
y religión. Religión y política. Estos dos prohombres argentinos recibieron la
promesa de Jesús cuando dice: “Al que crea en mí, aunque muera, vivirá.” Son
personas que están vivas, que nos iluminan, que son orgullo nacional; dos
prohombres que debemos mirar cuando en la política se ha
ausentado la religiosidad y en la religiosidad se ha ausentado la política.
Justamente,
en estos dos prohombres se fusiona una Argentina que merecemos transitar.
Debemos recuperar la religiosidad perdida desde la política, esa
institucionalidad que pregonaba don Hipólito Yrigoyen.
Finalmente,
así como hay vivos que están muertos, hay muertos que vivos están. Tal es el
caso del cura Brochero y de don Hipólito Yrigoyen.
A
mi humilde entender, la ignorancia política y la ignorancia religiosa son la
matriz de toda decadencia social y degradación moral. Seguramente debido a las
feroces dictaduras militares que atravesamos, lamentablemente nos fuimos
alejando del diálogo en la mesa familiar sobre política y religión, dos
actividades que deben trazar puentes entre los hombres.
Como
decía Bertolt Brecht, no hay peor ignorancia que la
ignorancia política. La ciudadanía en general se fue alejando de la política,
cuando, como decía Aristóteles, el único animal de naturaleza política es el
hombre. Esa es nuestra génesis.
Asimismo,
la religión debe trazar puentes entre los hombres. Lamentablemente por
desconocimiento, en nombre del Dios de las diferentes religiones, se mata, se
atenta, se ejerce el terrorismo.
Celebro
y felicito a quienes propiciaron sendos homenajes a estos dos prohombres de la
patria. Este es un momento que nos llama a la reflexión sobre el futuro de la
Argentina que entre todos queremos forjar.
Así
como en lo deportivo alcanzamos la excelencia, que se ve coronada con una
medalla olímpica o en un campeonato mundial –de hecho los argentinos accedemos
a ese sitial-, en lo intelectual somos una cuna que vio nacer a cinco premios
Nobel. Es bueno recordarlo para tomar conciencia acerca de en qué país nacimos
y vivimos.
Del
mismo modo, en lo espiritual todos estamos llamados a la santidad y seguramente
seremos muy pocos los elegidos. El cura Brochero fue
uno de ellos. La excelencia espiritual se llama santidad, justamente, en esta
tierra de contrastes.
Si
entre todos pudiéramos sacar un cinco o un seis, y no un diez como el cura Brochero, en esa excelencia espiritual, inclinaríamos la
balanza para el lado del bien, de la opción preferencial por los más
vulnerables, de un país mejor hacia el futuro.
Celebro
este homenaje y estoy convencido de que estos dos hombres, aun estando muertos,
hoy nos iluminan. (Aplausos en las
bancas.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Tiene la palabra el señor diputado
por Catamarca.
Sr.
Brizuela del Moral.- Señor presidente: es justo y
gratificante rendir homenaje a un luchador de la democracia.
Se
cumplen cien años de la asunción de Hipólito Yrigoyen como presidente de la
República, es decir, cien años del primer gobierno democrático nacional. Este
gobierno democrático fue el primero elegido según la ley Sáenz Peña, sancionada
en 1912 y conocida como ley del voto universal. Todos los que por entonces se
consideraban ciudadanos podían votar sin importar condición social. El voto era
secreto para garantizar la libertad del elector y evitar el fraude, y
obligatorio para que este derecho también sea un compromiso de cada individuo a
asumir la responsabilidad de elegir.
Don
Hipólito Yrigoyen, quien fuera comisario de Balvanera, abogado y profesor, tuvo
activa y fundamental participación en la lucha popular que derivó en la sanción
de la nueva ley electoral.
Su
compromiso permanente con la democracia y el pueblo hizo que el partido lo
elija como candidato a presidente de la República, pese a su resistencia a
aceptar tal convite. Solo cuando sus pares le hicieron ver que su renuncia a la
candidatura implicaría el fracaso y final de su lucha, aceptó la distinción y
se convirtió en el candidato de la Unión Cívica Radical para presidente de la
Nación con un gran apoyo popular.
Se
transformó así en el líder del primer gobierno surgido de los sectores
humildes, marcando también el ingreso de la clase media a la política nacional.
Durante
su gobierno sancionó y apoyó normas para proteger a los campesinos y creó la
caja de jubilaciones para empleados estatales. Asimismo, se reguló la tarifa de
los ferrocarriles operados por empresas británicas y se fomentó la creación de
ferrocarriles nacionales, teniendo al transporte como uno de los ejes estratégicos
de su visión política.
Delia
Kamia, en su trabajo Entre Yrigoyen e Ingenieros – Un episodio de la historia argentina contemporánea,
dice que Yrigoyen comparaba la geografía del país con “la forma primitiva del
solas colonial”, con una puerta al frente y un largo fondo ciego atrás. También
dice que la federalización de la ciudad de Buenos Aires, con su consiguiente
centralismo comercial, industrial y de poderes estatales, restaba importancia a
los demás territorios nacionales, a los que colocaba en una situación de
inferioridad. La existencia de una red ferroviaria convergente hacía que
llegasen al puerto de Buenos Aires los mismos productos de la tierra,
procedentes unos de zonas cercanas, y otros, lejanas, como por ejemplo del
litoral y del norte, después de haber pagado muy distintos fletes según su
recorrido. Esto empobrecía las zonas alejadas.
Y
continúa diciendo que la solución era, para Yrigoyen, un trazado más racional
de los ferrocarriles, que se volvieran a actualizar las antiguas vías naturales
de salida de productos del norte, hacia el Pacífico, y las del sur de los
lagos, por el Transandino del Sur. Asimismo, la salida a Bolivia para los
productos de la Mesopotamia. Esta consideración dio origen a la creación del
ferrocarril Huaytiquina, de Salta a Antofagasta, cuya
construcción estaba ya ordenada desde 1905. Así, pues, en 1921, y pese a la
reticencia del Congreso de proveer fondos, Yrigoyen emprendió los trabajos, que
se completaron por un compromiso argentino‑chileno en 1922; y así se
ensamblaron las líneas de ambos países: Huaytiquina o
Socompa al norte y por Zapala al sur.
Yrigoyen
también apoyó la reforma universitaria, revolución educativa que trascendió al
mundo. Asimismo, defendió el principio de no intervención y mantuvo a la
Argentina neutral durante la primera guerra mundial. Pese a que la primera gran
guerra diezmó las posibilidades económicas por los problemas comerciales que
ese conflicto implicó, el país tuvo un crecimiento económico muy importante.
Impulsó
la creación de YPF, haciendo de la energía otro eje de su política de Estado.
Firmó tratados con países europeos para la comercialización de granos,
reservando para el Estado argentino la posibilidad de establecer precios, hecho
considerado sin precedentes históricos en el comercio exterior. Tanto en su segundo
mandato como en el primero, Yrigoyen tocó muchos intereses económicos
nacionales y extranjeros en favor del pueblo, siendo quizá la nacionalización
del petróleo el hecho que desató la ira de dichos intereses. Esto hizo caer su
segundo gobierno en manos de Félix Uriburu en el
marco de lo que fue el primer golpe de Estado, una desgraciada costumbre que
signaría gran parte de la historia política de nuestro país durante el siglo XX
y llevaría a la destitución de grandes presidentes defensores de los intereses
nacionales y populares.
No
quiero ser reiterativo ni abundar en conceptos ya vertidos. Por eso, cierro mi
exposición diciendo que la austeridad y el compromiso con la democracia y el
pueblo son los legados que nos dejó Hipólito Yrigoyen. Estas banderas
enarboladas son las que debemos honrar y mantener en alto
todos los que hacemos política. (Aplausos
en las bancas.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Tiene la palabra el señor diputado
por Córdoba.
Sr.
Pereyra.- Señor presidente: agradezco, en primer
lugar, a los diputados de distintos bloques que pronunciaron palabras tan
lindas en estos dos homenajes.
El
12 de octubre se cumplirán cien años de la asunción de Hipólito Yrigoyen; es
decir, cien años de soberanía popular. Hoy homenajeamos no solo a un ciudadano
que fue en dos ocasiones presidente de nuestra Nación ‑elegido la segunda
vez por más del 60 por ciento de los votos- sino también a nuestra democracia,
que sin la lucha de don Hipólito Yrigoyen nunca hubiera estado completa.
Fue
llamado el gobierno de clase media para los pobres; luchó durante largos y
pacientes años desde 1890, cuando tiene lugar la Revolución del Parque, y en
1912 para que se sancionara la ley de voto universal, secreto y obligatorio,
herramienta indispensable de la soberanía popular.
Fue
el primer presidente constitucional elegido democráticamente en nuestro país y
en 1916, con su gobierno fundó la democracia popular. Los hijos de aquellos
inmigrantes que a fines del siglo XIX vinieron a la Argentina escapando del
hambre en sus tierras, fueron incluidos en la vida política social, económica y
cultural a partir de Hipólito Yrigoyen.
Bajo
su gobierno se alentó la reforma universitaria que consagró una universidad
autónoma, con cogobierno, científica y moderna.
Por
otro lado, mantuvo la neutralidad durante la Primera Guerra Mundial en defensa
de los intereses de nuestra patria. Fundó la doctrina de no intervención
sosteniendo que los hombres son sagrados para los hombres y los pueblos
sagrados para los pueblos.
Tuvo
una mirada latinoamericanista, como los padres fundadores de nuestra patria, al
oponerse a la invasión de Nicaragua por parte de los Estados Unidos.
Envió
al Congreso proyectos de ley tendientes a defender los derechos de los
trabajadores y durante su gobierno tuvo lugar la nacionalización del petróleo.
Entre otras grandes medidas nacionalistas, podemos mencionar la creación de YPF.
Consagró
su vida al bien común. Sus detractores, la vieja oligarquía descreída y
corrupta, provocaron el primer golpe de Estado en democracia en septiembre de
1930. Hipólito Yrigoyen fue perseguido y encarcelado; su casa fue incendiada.
Cuando tenía casi ochenta años, sufrió la cárcel en Martín García. Fue
proscripto y, junto con él, su partido, pero cuando murió en 1933 el pueblo
tomó en sus manos el féretro que lo llevaba a su última morada. Fue acompañado
por una multitud jamás vista hasta ese momento.
Yrigoyen
es la representación del pueblo en el ejercicio de su soberanía democrática. En
su figura rendimos homenaje a la democracia argentina.
Sin
temor a equivocarme, don Hipólito Yrigoyen fue un auténtico radical popular y
nacional. (Aplausos en las bancas.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Con las palabras pronunciadas por
los señores diputados, queda rendido el homenaje de la Honorable Cámara a la
memoria de don Hipólito Yrigoyen.
III
Sr. Presidente (Monzó).- Tiene la palabra el señor diputado
por Buenos Aires.
Sr. Alegre.- Señor presidente: para mí constituye un honor,
un orgullo y una alegría enormes poder en el día de
hoy rendir homenaje a un hombre grande, a un grande de la sociedad civil.
Nació en mi pueblo, en General
Villegas. Lo conocí mucho y había pensado rendir este homenaje el 3 de julio,
que es cuando se conmemora el Día del Locutor. Con todo respeto debo decir que
fue uno de los más grandes locutores que tuvo la Argentina. Fue un maestro de
la radio, como se lo conoció. No pude rendir el homenaje en su momento por
estas cuestiones de los tiempos parlamentarios. También me hubiera gustado
recordarlo el 15 de septiembre, cuando habría cumplido 90 años. Pero tuve la
fortuna de rendir el homenaje en el día de hoy, oportunidad en la que se habló
de dos personalidades argentinas: el cura Brochero y
don Hipólito Yrigoyen.
Desde la sociedad civil, Antonio tuvo
una enorme magnitud. Era un autodidacta, porque solamente tenía estudios
primarios. Desde su propia autoestima y superación llegó a ocupar los más altos
lugares de la cultura nacional, representando con claridad a los intelectuales
argentinos.
Siendo un niño, Antonio comenzó a
destacarse en la escuela de General Villegas por su dicción, su pronunciación y
su forma de leer. En su pueblo natal comenzó a trabajar desde muy joven
amenizando bailes. Para ello, recorría las calles con un camioncito haciendo
locución, hasta que le tocó el servicio militar y tuvo que venir a Buenos
Aires. Aquí se hizo un porteño.
Conoció el mundo estelar de la noche,
y a las grandes estrellas de la música. Comenzó trabajando en las radios El
Mundo y Rivadavia. También estuvo en televisión, siendo un hombre que ocupó la
agregaduría cultural en la Embajada de España.
Antonio hizo de la amistad algo
importantísimo de su vida. De él uno podría decir mil cosas, pero recuerdo que
todos los años se iba a Intendente Alvear o a General Pico, en La Pampa, donde
se encontraba con compañeros con los que había hecho el servicio militar. Sin
duda alguna, esto representa un canto a la amistad.
También iba a General Villegas y
recorría con sus amigos de toda la vida los bares tradicionales que él conocía.
Disfrutaba de todas estas cosas como uno más. Lo
mismo hacía en Buenos Aires. Yo tuve oportunidad de caminar varias veces con él
por las calles de Buenos Aires y la gente lo reconocía y lo paraba para
saludarlo porque era una personalidad indiscutida.
Por
eso tengo el honor de rendir este homenaje, para que quede asentado en el
Diario de Sesiones de esta Cámara, a quien fue uno de los grandes hombres de la
cultura popular argentina.
Conoció
como nadie a Borges, a quien hizo reportajes magistrales, y de ahí pasaba a ser
un personaje de la televisión participando en programas populares de
entretenimiento.
Antonio
dijo una vez: “Yo tengo mis propias definiciones: mi piel han sido los libros;
mi memoria es General Villegas; mis ojos, todo lo que veo; el escenario de mi
vida: Buenos Aires, el “Rodi”, “La Biela” y mis
amigos; y mi manicomio: el palco de Boca”. De esta forma el gran maestro y
locutor daba sus propias definiciones.
Fue
un gran bibliófilo y armó una de las bibliotecas privadas más grandes e
importantes de la Argentina.
Por
eso reitero que es para mí un honor rendir homenaje a un hombre de mi pueblo,
un hombre de la Argentina, un hombre de la cultura, que está grabado en la
historia colectiva como uno de los grandes locutores, periodistas y animadores
de nuestro país. (Aplausos.)
Sr.
Presidente (Monzó).- Con las palabras vertidas por el
señor diputado Alegre queda rendido el homenaje a Antonio Carrizo.
La
Presidencia solicita el asentimiento de la Honorable Cámara para autorizar las
inserciones solicitadas por los señores diputados.
- Asentimiento.
Sr.
Presidente (Monzó).- Habiéndose cumplido con el temario, queda
levantada la sesión especial.
- Es la hora 14 y 53.